estás a mi lado mirándome toda
sin saber si me respiras o me delatas.
tu medio vestido, yo medio cubierta.
es el hábito de amarnos por ahora,
a destiempo, sin ayer y sin mañana.
caminás descalzo por la pieza vacía
sin saber que hacer o en donde dejarme.
yo medio dormida, tu medio muriendo.
el viento soplando del mar hacia adentro,
trayendo recuerdos de noches y días.
mi despedida concluye con un beso
rozando tu hombro al tiempo de irme.
tu medio llorando, yo apenas riendo.
mañana ya el viento habrá puesto nombre
de ayer a este ardor... así es el viento.
"You have one dimension too many to accept this life." Bienvenidos al Blog de Claudia María Castro Valle
miércoles, 12 de marzo de 2008
martes, 11 de marzo de 2008
La Genealogía
¿Se acuerdan Ustedes de la saga de los Buendía que inicia con Ursula y Arcadio, y se extiende por cien años hasta culminar con el hijo de Amaranta Ursula y el último José Arcadio? ¿Aquel de la cola de cerdo? ¿Se acuerdan Ustedes de Jacob y sus doce hijos, que después se convertirían en Israel y sus doce tribus, tal y como se describen en el Pentateuco? ¿Quién no ha oído de los linajes reales europeos tales como los Habsburgo, los Orange Nassau, los Borbón, los Grimaldi, y sus enfermedades congénitas como la hemofilia?
Supongo que será difícil hallar la relación entre los temas que les he señalado, pero se encuentran estrechamente unidos, aunque no lo parezca. Los une una práctica que tiene orígenes inmemoriales; una ciencia que ha acompañado al hombre aún antes de la misma historia, tal y como la conocemos ahora, y que es tan antigua como el concepto de familia –nació con ella-. Nació de esa búsqueda del Adán común, como una necesidad de determinar la identidad individual como parte de un colectivo, como parte de una tradición.
Ampliamente, genealogía, además de listas de nombres de antepasados de una persona, es la ciencia que permite el conocimiento de la familia, considerada como un conjunto de personas integradas en diferentes generaciones.
La genealogía es una constante adosada a la historia de los pueblos. Es verdad que en sus orígenes se limitaba al recitado de sucesiones de nombres de padres e hijos en una cadena biológica, discursos de los que queda constancia en la Biblia, por ejemplo, y que se practicaban ritualmente por los hebreos que enseñaban de memoria a los niños las generaciones que les habían precedido, pero no la encontremos no solo en la historia hebrea, sino que en todos los pueblos de la antigüedad como hecho fundamental, no sólo para regular los derechos meramente privados y familiares, sino para gozar de los mismos derechos públicos, como eran los cargos religiosos y militares de las tribus, y con mayor razón para el de jefe de ella, sobre todo desde que esta jefatura se hizo hereditaria, convirtiéndose en monarquía.
La medida de la importancia que el Pueblo Hebreo daba a la Genealogía la podemos percibir con sólo considerar que once capítulos del Génesis, que comprenden dos mil años y nos llevan desde Adán hasta Abraham, lo llenan los demás pueblos de la tierra con infinidad de dioses y leyendas.
En Egipto, nos permitió conocer sus Dinastías, de las que se cuentan hasta treinta y dos, que llenan 3.300 años de historia. La última dinastía fue la de los Ptolomeos, que tuvo fin con la célebre Cleopatra.
Los romanos muestran su interés genealógico en lo jurídico y en lo social. En el Derecho son muchas las instituciones en que interviene el parentesco. En lo social, la población de los primeros tiempos se divide en dos clases: patricios y plebeyos; los primeros se agrupan en diez curias, formadas por diez gens -parentelas o linajes- cada una. Rómulo, fundador de Roma, procedía de la gens Julia, cuyo origen está en Julo, hijo de Aeneas. El jefe de la gens extiende su autoridad sobre todos los miembros del linaje, del mismo modo que el pater familiae la tiene absoluta sobre todos los que viven en la casa.
En épocas posteriores la Genealogía decae, pues los hombres se identifican ya más por su nombre y apellido, el nomen gentilitium de los romanos, aplicado en casi todos los pueblos. Ya no hacía falta, decir quién era el padre, el abuelo, el bisabuelo, etc. Aunque si observamos la ley que regía la formación de los apellidos patronímicos, hemos de reconocer que en ellos, en forma comprimida, se nos da una corta genealogía que se logra continuar por varias generaciones; así, Pedro Ruiz era tanto como decir "Pedro hijo de Rodrigo", y si al padre de éste se le conocía por Rui Díaz, en definitiva se venía a saber cómo aquél era "Pedro hijo de Rodrigo y nieto de Diego". Pero lo que no cabe duda es que el uso del nombre y apellido, generalizado por completo en la Edad Media, hizo a la genealogía más precisa.
En tiempos más cercanos a nosotros, en los albores de la Edad Moderna, la Genealogía comienza a desarrollarse sobre bases más ciertas, ya que desde finales del siglo XV, y más extensamente en el XVI, se puede hacer constar con fechas exactas los actos principales de la vida de los descendientes de un linaje. Debemos a la Iglesia este avance; es en los libros sacramentales de bautismo, casamiento y defunción, que como obligatorios dispone llevar el Concilio de Trento, donde se toma razón de estos actos.
En la actualidad
La Genealogía ya no se limita a ser una ciencia auxiliar de la Historia, porque hoy es ya piedra fundamental de muchas ciencias, entre ellas de la Estadística, de la Biología, de la Genética, de la Medicina, de la Zoología, de la Botánica, del Derecho y hasta de ciertas partes de las ciencias exactas. Las relaciones de la genealogía con la matemática y la estadística son muy numerosas. Por ejemplo: el asunto de los sistemas de numeración de los ascendientes que, por constituir en principio una progresión geométrica.
¿Puede el mundo de las leyes prescindir de la genealogía? No sólo los civilistas y los canonistas deben manejar sus conceptos con soltura. Las regulaciones familiares de ambas disciplinas abarcan el nombre, el estado civil y la adquisición de derechos ciudadanos, las relaciones paterno-filiales, las matrimoniales, el divorcio, la nulidad matrimonial, la regulación de las parejas de hecho, la paternidad biológica y la adoptiva, la tutela y la curatela, el fallecimiento y la herencia.
Los penalistas han de conocer los grados de parentesco entre los autores y las víctimas de los delitos de abusos sexuales, de parricidio o de otras muchas figuras delictivas en las que las relaciones paternas pueden actuar como eximentes, atenuantes o agravantes, según los casos.
Para hacer la genealogía de un linaje cualquiera, que normalmente es factible hasta la 11ª generación, es preciso seguir un método racional ya que sus miembros pasan de un millar.
A la hora de hacer un árbol familiar todos nos hacemos la misma pregunta ¿por donde empiezo? Pues yo voy a dar unos consejos prácticos para comenzar en el difícil trabajo de hacer un árbol de familia:
- El primer paso básico es, en caso de vivir familiares mayores, sacarles la mayor cantidad de información posible. Son la mejor fuente y la más directa a la hora de obtener datos de la familia, con la información que les den pueden obtener datos de cómo mínimo cinco generaciones.
- El segundo paso ligado al anterior es buscar en los papeles conservados en la familia la mayor cantidad de datos posibles. Pueden encontrar en los sitios más insospechados y en el documento menos pensado datos de enorme valor. Hace algunos meses –por ejemplo- yo conseguí todas las cartas que se intercambiaron mis abuelos maternos los últimos meses antes de su boda, ya que me abuela residía en Guatemala y mi abuelo estudiaba su especialización en Costa Rica. Leer esos documentos tan personales, tan íntimos, me permitió echar de ver aspectos de sus personalidades que no había tenido la oportunidad de conocer. Me permitió corroborar la inmensa riqueza personal que cada individuo tiene en su interior, y a entender que nos parecemos unos con otros, más de lo que creemos. Fue un viaje increíble conocer los pensamientos cotidianos de dos enamorados que vislumbraban un futuro, una vida compartida; y poder evaluar hasta donde todas esas ilusiones se vieron concretadas.
- Posteriormente ya se vuelve necesario hacer investigaciones de campo, revisando registros, publicaciones, etc.
La genealogía –tal como se los comenté al principio- es uno de los pasatiempos más interesantes y menos practicados en este país. Es una forma entretenida de conectar a las personas con sus familias, a éstas con sus historias y con otras familias.
En mi caso, el proyecto de conocer mis raíces lleva intermitentemente más de una década, pero ha sido hasta este último año cuando se volvió un ejercicio serio y disciplinado, que me ha permitido conectar a más de mil personas en un período de casi trescientos años.
Así, voy armando a pedacitos la historia de una familia formada por inmigrantes franceses, escoceses, españoles, mexicanos, salvadoreños y guatemaltecos, con mezclas raciales que van desde el blanco centroeuropeo, pasando por el blanco anglosajón, el judío sefardí, el lenca nativo, el negro liberto y, por su puesto, el español peninsular. Donde se conjunta una pléyade socio-cultural que incluye: condes y barones de rancio abolengo; campesinos mestizos; matronas matriarcales; presidentes, ministros y magistrados; profesionales luchadores y funcionarios clericales. Y así se cuentan historias negras de intrigas políticas, incestos, exilios, demencias y embrujos; superadas por las otras, las de héroes patrios, poetas, escritores, revolucionarios, mujeres progresistas, trabajadores honrados y una identidad familiar que con el tiempo se mantiene incólume y privilegiada.
Es tiempo de colaborar a construir parte de la historia de país, conociendo la historia familiar. Y no se mal entienda como una necesidad de destacar o segregarse. Es, más bien, un viaje de auto-descubrimiento que nos permite saber quienes somos, de donde venimos y cuales son nuestras posibilidades.
Supongo que será difícil hallar la relación entre los temas que les he señalado, pero se encuentran estrechamente unidos, aunque no lo parezca. Los une una práctica que tiene orígenes inmemoriales; una ciencia que ha acompañado al hombre aún antes de la misma historia, tal y como la conocemos ahora, y que es tan antigua como el concepto de familia –nació con ella-. Nació de esa búsqueda del Adán común, como una necesidad de determinar la identidad individual como parte de un colectivo, como parte de una tradición.
Ampliamente, genealogía, además de listas de nombres de antepasados de una persona, es la ciencia que permite el conocimiento de la familia, considerada como un conjunto de personas integradas en diferentes generaciones.
La genealogía es una constante adosada a la historia de los pueblos. Es verdad que en sus orígenes se limitaba al recitado de sucesiones de nombres de padres e hijos en una cadena biológica, discursos de los que queda constancia en la Biblia, por ejemplo, y que se practicaban ritualmente por los hebreos que enseñaban de memoria a los niños las generaciones que les habían precedido, pero no la encontremos no solo en la historia hebrea, sino que en todos los pueblos de la antigüedad como hecho fundamental, no sólo para regular los derechos meramente privados y familiares, sino para gozar de los mismos derechos públicos, como eran los cargos religiosos y militares de las tribus, y con mayor razón para el de jefe de ella, sobre todo desde que esta jefatura se hizo hereditaria, convirtiéndose en monarquía.
La medida de la importancia que el Pueblo Hebreo daba a la Genealogía la podemos percibir con sólo considerar que once capítulos del Génesis, que comprenden dos mil años y nos llevan desde Adán hasta Abraham, lo llenan los demás pueblos de la tierra con infinidad de dioses y leyendas.
En Egipto, nos permitió conocer sus Dinastías, de las que se cuentan hasta treinta y dos, que llenan 3.300 años de historia. La última dinastía fue la de los Ptolomeos, que tuvo fin con la célebre Cleopatra.
Los romanos muestran su interés genealógico en lo jurídico y en lo social. En el Derecho son muchas las instituciones en que interviene el parentesco. En lo social, la población de los primeros tiempos se divide en dos clases: patricios y plebeyos; los primeros se agrupan en diez curias, formadas por diez gens -parentelas o linajes- cada una. Rómulo, fundador de Roma, procedía de la gens Julia, cuyo origen está en Julo, hijo de Aeneas. El jefe de la gens extiende su autoridad sobre todos los miembros del linaje, del mismo modo que el pater familiae la tiene absoluta sobre todos los que viven en la casa.
En épocas posteriores la Genealogía decae, pues los hombres se identifican ya más por su nombre y apellido, el nomen gentilitium de los romanos, aplicado en casi todos los pueblos. Ya no hacía falta, decir quién era el padre, el abuelo, el bisabuelo, etc. Aunque si observamos la ley que regía la formación de los apellidos patronímicos, hemos de reconocer que en ellos, en forma comprimida, se nos da una corta genealogía que se logra continuar por varias generaciones; así, Pedro Ruiz era tanto como decir "Pedro hijo de Rodrigo", y si al padre de éste se le conocía por Rui Díaz, en definitiva se venía a saber cómo aquél era "Pedro hijo de Rodrigo y nieto de Diego". Pero lo que no cabe duda es que el uso del nombre y apellido, generalizado por completo en la Edad Media, hizo a la genealogía más precisa.
En tiempos más cercanos a nosotros, en los albores de la Edad Moderna, la Genealogía comienza a desarrollarse sobre bases más ciertas, ya que desde finales del siglo XV, y más extensamente en el XVI, se puede hacer constar con fechas exactas los actos principales de la vida de los descendientes de un linaje. Debemos a la Iglesia este avance; es en los libros sacramentales de bautismo, casamiento y defunción, que como obligatorios dispone llevar el Concilio de Trento, donde se toma razón de estos actos.
En la actualidad
La Genealogía ya no se limita a ser una ciencia auxiliar de la Historia, porque hoy es ya piedra fundamental de muchas ciencias, entre ellas de la Estadística, de la Biología, de la Genética, de la Medicina, de la Zoología, de la Botánica, del Derecho y hasta de ciertas partes de las ciencias exactas. Las relaciones de la genealogía con la matemática y la estadística son muy numerosas. Por ejemplo: el asunto de los sistemas de numeración de los ascendientes que, por constituir en principio una progresión geométrica.
¿Puede el mundo de las leyes prescindir de la genealogía? No sólo los civilistas y los canonistas deben manejar sus conceptos con soltura. Las regulaciones familiares de ambas disciplinas abarcan el nombre, el estado civil y la adquisición de derechos ciudadanos, las relaciones paterno-filiales, las matrimoniales, el divorcio, la nulidad matrimonial, la regulación de las parejas de hecho, la paternidad biológica y la adoptiva, la tutela y la curatela, el fallecimiento y la herencia.
Los penalistas han de conocer los grados de parentesco entre los autores y las víctimas de los delitos de abusos sexuales, de parricidio o de otras muchas figuras delictivas en las que las relaciones paternas pueden actuar como eximentes, atenuantes o agravantes, según los casos.
Para hacer la genealogía de un linaje cualquiera, que normalmente es factible hasta la 11ª generación, es preciso seguir un método racional ya que sus miembros pasan de un millar.
A la hora de hacer un árbol familiar todos nos hacemos la misma pregunta ¿por donde empiezo? Pues yo voy a dar unos consejos prácticos para comenzar en el difícil trabajo de hacer un árbol de familia:
- El primer paso básico es, en caso de vivir familiares mayores, sacarles la mayor cantidad de información posible. Son la mejor fuente y la más directa a la hora de obtener datos de la familia, con la información que les den pueden obtener datos de cómo mínimo cinco generaciones.
- El segundo paso ligado al anterior es buscar en los papeles conservados en la familia la mayor cantidad de datos posibles. Pueden encontrar en los sitios más insospechados y en el documento menos pensado datos de enorme valor. Hace algunos meses –por ejemplo- yo conseguí todas las cartas que se intercambiaron mis abuelos maternos los últimos meses antes de su boda, ya que me abuela residía en Guatemala y mi abuelo estudiaba su especialización en Costa Rica. Leer esos documentos tan personales, tan íntimos, me permitió echar de ver aspectos de sus personalidades que no había tenido la oportunidad de conocer. Me permitió corroborar la inmensa riqueza personal que cada individuo tiene en su interior, y a entender que nos parecemos unos con otros, más de lo que creemos. Fue un viaje increíble conocer los pensamientos cotidianos de dos enamorados que vislumbraban un futuro, una vida compartida; y poder evaluar hasta donde todas esas ilusiones se vieron concretadas.
- Posteriormente ya se vuelve necesario hacer investigaciones de campo, revisando registros, publicaciones, etc.
La genealogía –tal como se los comenté al principio- es uno de los pasatiempos más interesantes y menos practicados en este país. Es una forma entretenida de conectar a las personas con sus familias, a éstas con sus historias y con otras familias.
En mi caso, el proyecto de conocer mis raíces lleva intermitentemente más de una década, pero ha sido hasta este último año cuando se volvió un ejercicio serio y disciplinado, que me ha permitido conectar a más de mil personas en un período de casi trescientos años.
Así, voy armando a pedacitos la historia de una familia formada por inmigrantes franceses, escoceses, españoles, mexicanos, salvadoreños y guatemaltecos, con mezclas raciales que van desde el blanco centroeuropeo, pasando por el blanco anglosajón, el judío sefardí, el lenca nativo, el negro liberto y, por su puesto, el español peninsular. Donde se conjunta una pléyade socio-cultural que incluye: condes y barones de rancio abolengo; campesinos mestizos; matronas matriarcales; presidentes, ministros y magistrados; profesionales luchadores y funcionarios clericales. Y así se cuentan historias negras de intrigas políticas, incestos, exilios, demencias y embrujos; superadas por las otras, las de héroes patrios, poetas, escritores, revolucionarios, mujeres progresistas, trabajadores honrados y una identidad familiar que con el tiempo se mantiene incólume y privilegiada.
Es tiempo de colaborar a construir parte de la historia de país, conociendo la historia familiar. Y no se mal entienda como una necesidad de destacar o segregarse. Es, más bien, un viaje de auto-descubrimiento que nos permite saber quienes somos, de donde venimos y cuales son nuestras posibilidades.
sábado, 8 de marzo de 2008
Estimado Licenciado Cálix (o de la Integración Centroamericana)
Estimado Licenciado Cálix,
Analizar la actitud de nuestros políticos ante los problemas actuales comparándolos con los grandes hombres que forjaron la patria hondureña y que mantuvieron vivo el ideal de la unión centroamericana me parece un error crónico y genético, en tanto las condiciones actuales de nuestro país distan inconmensurablemente de aquellas post-independencia, así como son diferentes las formas en que los representantes del pueblo en los tres poderes del Estado han llegado a dichas posiciones de poder. Tampoco me parece prudente señalar que las ventajas competitivas que el Tratado de Libre Comercio ofrece a estos países en un mundo de economías globalizadas, atentan a la consecución de dicho ideal.
Me parece que el análisis debe ir más a fondo, e indicarnos por qué es que Usted considera pertinente que los países del área continúen el proceso de integración actual (pues éste existe) y por qué dicha integración –que actualmente está en la etapa de la apertura de fronteras y unión comercial- debe acelerarse para convertirse en una integración políticamente vinculante que nos lleve a conformar una suerte de federación.
Adelantándome a los comentarios que quisiera leer de su parte, quisiera compartir con el lector algunas posiciones personales al respecto.
Ricardo Jiménez Oreamuno, juristas y estadistas costarricense, dijo en relación con el tema de la unión centroamericana que "para resolver con acierto asunto de tan largo alcance y de tan enormes consecuencias, no debemos inspirarnos en la magia simpática y atrayente de teorías deslumbradoras. Antes que esto habremos de estudiar las condiciones físicas, políticas, económicas y sociales de los organismos que tratan de informar uno nuevo... es indispensable que exista homogeneidad en estos, más o menos perfecta. De lo contrario, la lucha interna; y con la lucha el desconcierto, el descrédito y el atraso... si se prescinde de las fatales consecuencias de una guerra exterior, hoy los vínculos políticos poco significan en las aspiraciones de los pueblos, y sí mucho, muchísimo, los que enlazan y armonizan los intereses económicos y sociales de los mismos." Desde mi posición, el Señor Jiménez Oreamuno está en lo correcto: antes de involucrarnos en ideales románticos de antaño y posiblemente anacrónicos, es necesario evaluar las ventajas reales que una unión de éste tipo importaría para nuestro país, no solo económicamente, sino sobretodo desde el ámbito social. Desde que las provincias centroamericanas se desvincularon para convertirse en Estados totalmente independientes cada uno del otro, aunque muchas similitudes se mantienen, también es cierto que han crecido en algunos ámbitos en direcciones opuestas.
Si hacemos el análisis desde el costo que las administraciones públicas reflejan en los presupuestos nacionales, podríamos creer que una sola administración obligatoriamente nos llevaría a una reducción sustancial del costos burocrático, pero desde mi perspectiva esto no es cierto, pues cada estado requeriría tener un aparato administrativo de más o menos el mismo tamaño que ahora tiene, adicionando a estos, las autoridades federativas que comprenderían la administración de la unión.
Otro obstáculo que no debemos ignorar es el proceso mismo que debería de implementarse para conseguir dicha unificación política. ¿Estaremos en la capacidad de desarrollar un plan de integración al estilo europeo, en el que a través de avances monitoreados de convergencia de las políticas macroeconómicas de sus miembros lograron que los países participantes alcanzaran estándares más o menos equitativos de desarrollo para permitir la integración económica de estos, cuándo no hemos sido capaces aún de crear verdaderos planes de país que garanticen un crecimiento económico acelerado pero justamente distribuido que nos permita salir poco a poco del subdesarrollo en condiciones solidarias para todos los habitantes de cada uno de estos pequeños países? ¿Qué hacemos con nuestras balanzas comerciales deficitarias, que al adicionarse significarían un déficit aún más difícil de remontar? ¿Cómo haríamos para integrar nuestras instituciones si en cada uno de los países del área las burocracias son constantemente señaladas por ser corruptas y manipuladas por los grupos de poder? Hasta eso, ¿cómo integraremos los grupos de poder político que no están dispuestos a ceder un pedacito de su feudo en aras de un ideal sublime?
La fortaleza económica que suponen muchos conllevaría esta unión no ha necesitado de la vinculación política, pues es precisamente a través de una serie de tratados regionales de comercio, que estos países han logrado abrir sus fronteras y librar obstáculos arancelarios, que les permiten desarrollarse desde la inversión casi como un único estado. Los presidentes de Centroamérica ya desde hace más de diez años, con la Declaración de Nicaragua afirmaron estar dispuestos a avanzar de una integración económica a una política: "Aspiramos a una Patria Grande, democrática y equitativa, próspera y tolerante, competitiva y solidaria, cuyo desarrollo supone la expresión de una voluntad política permanente". Sin embargo esa integración económica aún o se concreta del todo. Algunos académicos vienen señalando que la forma más fácil de acelerar un proceso de verdadera integración económica es a través de dolarización, pero hasta ahora solo Panamá y El Salvador se han sumergido en esa aventura, y los resultados son lo suficientemente disimiles en cada país como para no poder aventurarnos a imaginar lo que significaría en cada una de las demás economías centroamericanas. No obstante, es precisamente a través del Tratado de Libre Comercio con estados Unidos que realmente tenemos una oportunidad unificadora real, pues a través de este arreglo comercial es que podemos presentarnos no solo ante los Estados Unidos de Norte América, sino ante otros potenciales socios comerciales, como una región compacta, unificada.
Pero las preguntas que deben enmarcar el deseo vehemente de la unión política centroamericana son: ¿Hasta dónde la llevaríamos? ¿Pretendemos convertir a Centroamérica en un solo Estado, o nos conformaremos con homologar muchas políticas que nos permitan presentarnos en un frente unido ante nuestros socios comerciales? ¿Traspasaremos nuestras consabidas soberanías en pro de la patria grande, o haremos unas pocas modificaciones que ayuden a consolidar la integración económica que estamos construyendo? ¿Hemos iniciado procesos de socialización que nos permitan entender si la vasta mayoría de los centroamericanos apoyan una iniciativa de esta envergadura? ¿Incluiremos a los nuevos miembros de la región: Panamá, Belice y -por qué no- República Dominicana? ¿Estaremos en la capacidad de fortalecer nuestras instituciones políticas para asegurar que cualquiera que sea la modalidad en la que se base la integración política sea verdaderamente democrática? ¿Podremos construir una verdadera identidad centroamericana, cuando tenemos dificultades para construir las identidades nacionales? ¿Cuáles son los principios básicos que regirán ese proceso?
Yo iniciaría por contestar estas preguntas desde los procesos históricos y hasta ahora la historia misma nos señala que nunca estuvimos preparados y que aún no lo estamos. No hacemos nada con ponernos una fecha como la propuesta por usted del 2021 para culminar un proceso de unión política regional. Primero debemos de resolver muchos de los problemas estructurales que nos acechan para poder después comenzar a pensar en la posibilidad de amarrarnos (en condiciones de igualdad y verdadera integración) con otros estados que deberán además hacer su propia tarea en éste aspecto. De lo contrario no creo que su propuesta tenga algún eco enraizado en la realidad. Sin embargo, como dije antes, espero leer los análisis de fondo que Usted ha hecho para tan vehemente exigir a los políticos de turno se lleve a cabo ésta unión.
Atentamente,
Claudia María castro Valle
Analizar la actitud de nuestros políticos ante los problemas actuales comparándolos con los grandes hombres que forjaron la patria hondureña y que mantuvieron vivo el ideal de la unión centroamericana me parece un error crónico y genético, en tanto las condiciones actuales de nuestro país distan inconmensurablemente de aquellas post-independencia, así como son diferentes las formas en que los representantes del pueblo en los tres poderes del Estado han llegado a dichas posiciones de poder. Tampoco me parece prudente señalar que las ventajas competitivas que el Tratado de Libre Comercio ofrece a estos países en un mundo de economías globalizadas, atentan a la consecución de dicho ideal.
Me parece que el análisis debe ir más a fondo, e indicarnos por qué es que Usted considera pertinente que los países del área continúen el proceso de integración actual (pues éste existe) y por qué dicha integración –que actualmente está en la etapa de la apertura de fronteras y unión comercial- debe acelerarse para convertirse en una integración políticamente vinculante que nos lleve a conformar una suerte de federación.
Adelantándome a los comentarios que quisiera leer de su parte, quisiera compartir con el lector algunas posiciones personales al respecto.
Ricardo Jiménez Oreamuno, juristas y estadistas costarricense, dijo en relación con el tema de la unión centroamericana que "para resolver con acierto asunto de tan largo alcance y de tan enormes consecuencias, no debemos inspirarnos en la magia simpática y atrayente de teorías deslumbradoras. Antes que esto habremos de estudiar las condiciones físicas, políticas, económicas y sociales de los organismos que tratan de informar uno nuevo... es indispensable que exista homogeneidad en estos, más o menos perfecta. De lo contrario, la lucha interna; y con la lucha el desconcierto, el descrédito y el atraso... si se prescinde de las fatales consecuencias de una guerra exterior, hoy los vínculos políticos poco significan en las aspiraciones de los pueblos, y sí mucho, muchísimo, los que enlazan y armonizan los intereses económicos y sociales de los mismos." Desde mi posición, el Señor Jiménez Oreamuno está en lo correcto: antes de involucrarnos en ideales románticos de antaño y posiblemente anacrónicos, es necesario evaluar las ventajas reales que una unión de éste tipo importaría para nuestro país, no solo económicamente, sino sobretodo desde el ámbito social. Desde que las provincias centroamericanas se desvincularon para convertirse en Estados totalmente independientes cada uno del otro, aunque muchas similitudes se mantienen, también es cierto que han crecido en algunos ámbitos en direcciones opuestas.
Si hacemos el análisis desde el costo que las administraciones públicas reflejan en los presupuestos nacionales, podríamos creer que una sola administración obligatoriamente nos llevaría a una reducción sustancial del costos burocrático, pero desde mi perspectiva esto no es cierto, pues cada estado requeriría tener un aparato administrativo de más o menos el mismo tamaño que ahora tiene, adicionando a estos, las autoridades federativas que comprenderían la administración de la unión.
Otro obstáculo que no debemos ignorar es el proceso mismo que debería de implementarse para conseguir dicha unificación política. ¿Estaremos en la capacidad de desarrollar un plan de integración al estilo europeo, en el que a través de avances monitoreados de convergencia de las políticas macroeconómicas de sus miembros lograron que los países participantes alcanzaran estándares más o menos equitativos de desarrollo para permitir la integración económica de estos, cuándo no hemos sido capaces aún de crear verdaderos planes de país que garanticen un crecimiento económico acelerado pero justamente distribuido que nos permita salir poco a poco del subdesarrollo en condiciones solidarias para todos los habitantes de cada uno de estos pequeños países? ¿Qué hacemos con nuestras balanzas comerciales deficitarias, que al adicionarse significarían un déficit aún más difícil de remontar? ¿Cómo haríamos para integrar nuestras instituciones si en cada uno de los países del área las burocracias son constantemente señaladas por ser corruptas y manipuladas por los grupos de poder? Hasta eso, ¿cómo integraremos los grupos de poder político que no están dispuestos a ceder un pedacito de su feudo en aras de un ideal sublime?
La fortaleza económica que suponen muchos conllevaría esta unión no ha necesitado de la vinculación política, pues es precisamente a través de una serie de tratados regionales de comercio, que estos países han logrado abrir sus fronteras y librar obstáculos arancelarios, que les permiten desarrollarse desde la inversión casi como un único estado. Los presidentes de Centroamérica ya desde hace más de diez años, con la Declaración de Nicaragua afirmaron estar dispuestos a avanzar de una integración económica a una política: "Aspiramos a una Patria Grande, democrática y equitativa, próspera y tolerante, competitiva y solidaria, cuyo desarrollo supone la expresión de una voluntad política permanente". Sin embargo esa integración económica aún o se concreta del todo. Algunos académicos vienen señalando que la forma más fácil de acelerar un proceso de verdadera integración económica es a través de dolarización, pero hasta ahora solo Panamá y El Salvador se han sumergido en esa aventura, y los resultados son lo suficientemente disimiles en cada país como para no poder aventurarnos a imaginar lo que significaría en cada una de las demás economías centroamericanas. No obstante, es precisamente a través del Tratado de Libre Comercio con estados Unidos que realmente tenemos una oportunidad unificadora real, pues a través de este arreglo comercial es que podemos presentarnos no solo ante los Estados Unidos de Norte América, sino ante otros potenciales socios comerciales, como una región compacta, unificada.
Pero las preguntas que deben enmarcar el deseo vehemente de la unión política centroamericana son: ¿Hasta dónde la llevaríamos? ¿Pretendemos convertir a Centroamérica en un solo Estado, o nos conformaremos con homologar muchas políticas que nos permitan presentarnos en un frente unido ante nuestros socios comerciales? ¿Traspasaremos nuestras consabidas soberanías en pro de la patria grande, o haremos unas pocas modificaciones que ayuden a consolidar la integración económica que estamos construyendo? ¿Hemos iniciado procesos de socialización que nos permitan entender si la vasta mayoría de los centroamericanos apoyan una iniciativa de esta envergadura? ¿Incluiremos a los nuevos miembros de la región: Panamá, Belice y -por qué no- República Dominicana? ¿Estaremos en la capacidad de fortalecer nuestras instituciones políticas para asegurar que cualquiera que sea la modalidad en la que se base la integración política sea verdaderamente democrática? ¿Podremos construir una verdadera identidad centroamericana, cuando tenemos dificultades para construir las identidades nacionales? ¿Cuáles son los principios básicos que regirán ese proceso?
Yo iniciaría por contestar estas preguntas desde los procesos históricos y hasta ahora la historia misma nos señala que nunca estuvimos preparados y que aún no lo estamos. No hacemos nada con ponernos una fecha como la propuesta por usted del 2021 para culminar un proceso de unión política regional. Primero debemos de resolver muchos de los problemas estructurales que nos acechan para poder después comenzar a pensar en la posibilidad de amarrarnos (en condiciones de igualdad y verdadera integración) con otros estados que deberán además hacer su propia tarea en éste aspecto. De lo contrario no creo que su propuesta tenga algún eco enraizado en la realidad. Sin embargo, como dije antes, espero leer los análisis de fondo que Usted ha hecho para tan vehemente exigir a los políticos de turno se lleve a cabo ésta unión.
Atentamente,
Claudia María castro Valle
jueves, 6 de marzo de 2008
PARA HABLAR DE UN PLAN DE PAIS
Hace unos meses, leí un manifiesto circulado por uno de esos políticos de cafetín, en el que nos decía que era necesario construir un plan de país, y que en esta sociedad fragmentada, era necesaria la unidad y la cohesión para poder salir adelante. No se cual era su intención verdadera, pues entiendo que pertenece al partido que está en el poder, por lo que hubiera esperado, que considerara la propuesta del Presidente Zelaya, como un plan de país valedero. Después de esas cavilaciones, me apresté a analizar concienzudamente dicha invitación. Sin embargo adquirió –para mí- carácter de pasquín, en tanto utilizaba frases panfletarias y conceptos desahuciados para conformarla. Al respecto me gustaría hacer los siguientes comentarios.
Cuando hablamos de un plan de país, hablamos de un modelo sistemático que debe regir la vida pública de un Estado, que se elabora anticipadamente para dirigirlo y encauzarlo. Eso significa que para redactar un documento contentivo de un Plan de País, previamente se debe haber elaborado un arquetipo o punto de referencia para imitarlo o reproducirlo. Un modelo original y primario. Un modelo “ideal”. Este modelo deberá ajustarse a un conjunto de reglas o principios éticos y políticos racionalmente enlazados entre sí, que permitan a los hondureños en un futuro mediato realizar actos libres y conscientes con trascendencia para la sociedad y las instituciones de gobierno, con el fin de encaminarlo en su intención última. El meollo del asunto es en este caso, poder definir cual es el objetivo final del Estado Hondureño, es decir, su intención última. El artículo 1 de la constitución nos da algunas luces al respecto señalando que “Honduras es un Estado de derecho, soberano, constituido como república libre, democrática e independiente para asegurar a sus habitantes el goce de la justicia, la libertad, la cultura y el bienestar económico y social”.
Conociendo el propósito del Estado de Honduras, y con miras a poder definir un plan de país, primero debería poder hacerse un ejercicio filosófico profundo que nos permita tener un consenso general de los conceptos de comunes de justicia, libertad, bienestar. Esto de por sí es una labor epopéyica que dilataría más de una generación en condiciones tan disímiles como las que ostenta la población hondureña. Imagínense a la colectividad argumentando sobre si la justicia se refiere a una cualidad distributiva de las pretensiones individuales, a la libertad contractual, a la igualdad social, al bienestar colectivo o a la equidad. En fin, un ejercicio utópico. Tampoco contamos con suficientes académicos como para delegar en ellos dicha tarea.
¿Y después qué? ¿Cómo daríamos forma a ese arquetipo necesario que sería la referencia futura, ese plan de país?
Es ahora cuando en este análisis se vuelve pertinente analizar si la fragmentación perjudica un posible proceso de concepción de un plan de país, y si la cohesión y la unidad social son posibles respuestas.
Al hablar de una sociedad fragmentada –el cual es un concepto sociopolítico y no ético- normalmente nos referimos a una sociedad en discriminación, en la que ciertos grupos permanecen aislados de otros en tanto en tanto los vamos diferenciando bajo los conceptos clásicos de las minorías. Normalmente este impulso fragmentador corresponde a las clases dominantes, que como estrategia buscan dividir y aislar a grupos específicos para posteriormente enfrentarlos en tanto ellos mismos consideran sus interés y posiciones propias como irreconciliables con los de las demás “minorías”. La fragmentación social obedece a tácticas de control utilizadas en relaciones de poder por los grupos dominantes, aunque estos sean realmente la “minoría” poblacional –al menos cuantitativa- para evitar el consenso masivo entre los demás grupos, que pueda obstaculizar sus pretensiones. Es por eso que se criminaliza la pobreza, la juventud, etc. Interesante aportación a estas ideas es la lucha frontal que el gobierno de Maduro hizo a las maras y pandillas.
Sin embargo, es necesario entender que una sociedad fragmentada es muy propia de las democracias incipientes y formalistas en las que la verdadera participación ciudadana no es un concepto transversal y ampliamente practicado, ya que se estructuran en procesos cerrados, cuya máxima manifestación es la elección, en lugar de serlo la ciudadanía activa. En estas democracias cerradas, los movimientos sociales son mal vistos, ya que pueden minar las trincheras de los poderosos que no están dispuestos a ceder ni un ápice de sus reinos oligárquicos.
Siendo más breves, al hablar de cohesión nos referimos a la acción y efecto de reunirse o adherirse las cosas entre sí o la materia de que están formadas. Entiéndase adosarse, entiéndase adjuntarse. Bajo esta perspectiva, la cohesión no implica mejora cualitativa de las condiciones sociales de una comunidad. Simplemente significa que aquellos que antes estaban separados, ahora estarán juntos. Igualmente, al hablar de unidad, nos referimos a la propiedad de todo ser, en virtud de la cual no puede dividirse sin que su esencia se destruya o altere. Quiere decir, que si la sociedad hondureña fuera una unidad, no habría espacio para el disenso ni para el conflicto constructivo. Todos seríamos una suerte de borregos. Imagínese, yo tendría que estar de acuerdo con Usted, y Usted indefectiblemente conmigo ¿Podría?
Hasta aquí, para mí, queda claro que la fragmentación social debilita al Estado en tanto imposibilita una postura común, conciliadora, frente a las soluciones necesarias para salir del subdesarrollo, más de valores que económico; pero la cohesión y la unidad tampoco son el camino, pues si ya somos una sociedad fácilmente manipulada, maleable, explotada….esas condiciones simplemente nos predispondrían aún más a ser utilizados por los grupos de poder que siempre se han servido de sus conciudadanos.
Sin embargo, los constituyentes del 82 tuvieron la argucia necesaria para dejarnos señas de posibles rumbos a seguir, y en el artículo 5 constitucional nos dicen que “El gobierno debe sustentarse en el principio de la democracia participativa del cual se deriva la integración nacional, que implica participación de todos los sectores políticos en la administración pública a fin de asegurar y fortalecer el progreso de Honduras basado en la estabilidad política y en la conciliación nacional”. Si hiciéramos caso a los constituyentes, significaría que antes de poder hacer un plan de país, tendríamos que modificar muchas de las estructuras gobernativas que nos caracterizan y tendríamos que dejar las construcciones representativas que han determinado a Honduras desde 1982.
Significaría que deberíamos de luchar por evitar se cancelen las incipientes reformas a la Ley Electoral, y se luche más bien por reformas más profundas por las que tanto diputados como regidores municipales sean electos por distritos y puedan participar sin muchos obstáculos burocráticos candidatos en fórmulas independientes. Incluye la no postulación del Presidente del Congreso Nacional a la Presidencia de la República. Significaría también que el plebiscito y el referéndum debieran ser ejercitados constantemente para dilucidar situaciones de interés nacional. La ciudadanía podría haber refrendado así la licitación de los combustibles -por ejemplo- y nos hubiéramos ahorrado interminables culebrones de intriga entre uno y otro bando. Significaría que las instituciones representativas como los partidos políticos y el Congreso Nacional se tendrían que convertir en verdaderas panaceas de la democracia, donde las oligarquías, el poder económico y los intereses de grupo no pudieran tener cabida. Dado este paso, tendríamos ya nuestro arquetipo, nuestro referente para la construcción de un plan de país.
Verter conceptos tan superficiales a veces puede ser perjudicial, aún y cuando aparezcan cargados de buena voluntad y sentimentalismos, sobre todo cuando se descontextualizan de su verdadero significado y se presentan como propuestas reales. Para sentar las bases que permitan la construcción de un plan de país, debemos arremangarnos la camisa, apretarnos las fajas y empezar a trabajar por cambios efectivos que permitan que Honduras avance hacia el desarrollo.
Cuando hablamos de un plan de país, hablamos de un modelo sistemático que debe regir la vida pública de un Estado, que se elabora anticipadamente para dirigirlo y encauzarlo. Eso significa que para redactar un documento contentivo de un Plan de País, previamente se debe haber elaborado un arquetipo o punto de referencia para imitarlo o reproducirlo. Un modelo original y primario. Un modelo “ideal”. Este modelo deberá ajustarse a un conjunto de reglas o principios éticos y políticos racionalmente enlazados entre sí, que permitan a los hondureños en un futuro mediato realizar actos libres y conscientes con trascendencia para la sociedad y las instituciones de gobierno, con el fin de encaminarlo en su intención última. El meollo del asunto es en este caso, poder definir cual es el objetivo final del Estado Hondureño, es decir, su intención última. El artículo 1 de la constitución nos da algunas luces al respecto señalando que “Honduras es un Estado de derecho, soberano, constituido como república libre, democrática e independiente para asegurar a sus habitantes el goce de la justicia, la libertad, la cultura y el bienestar económico y social”.
Conociendo el propósito del Estado de Honduras, y con miras a poder definir un plan de país, primero debería poder hacerse un ejercicio filosófico profundo que nos permita tener un consenso general de los conceptos de comunes de justicia, libertad, bienestar. Esto de por sí es una labor epopéyica que dilataría más de una generación en condiciones tan disímiles como las que ostenta la población hondureña. Imagínense a la colectividad argumentando sobre si la justicia se refiere a una cualidad distributiva de las pretensiones individuales, a la libertad contractual, a la igualdad social, al bienestar colectivo o a la equidad. En fin, un ejercicio utópico. Tampoco contamos con suficientes académicos como para delegar en ellos dicha tarea.
¿Y después qué? ¿Cómo daríamos forma a ese arquetipo necesario que sería la referencia futura, ese plan de país?
Es ahora cuando en este análisis se vuelve pertinente analizar si la fragmentación perjudica un posible proceso de concepción de un plan de país, y si la cohesión y la unidad social son posibles respuestas.
Al hablar de una sociedad fragmentada –el cual es un concepto sociopolítico y no ético- normalmente nos referimos a una sociedad en discriminación, en la que ciertos grupos permanecen aislados de otros en tanto en tanto los vamos diferenciando bajo los conceptos clásicos de las minorías. Normalmente este impulso fragmentador corresponde a las clases dominantes, que como estrategia buscan dividir y aislar a grupos específicos para posteriormente enfrentarlos en tanto ellos mismos consideran sus interés y posiciones propias como irreconciliables con los de las demás “minorías”. La fragmentación social obedece a tácticas de control utilizadas en relaciones de poder por los grupos dominantes, aunque estos sean realmente la “minoría” poblacional –al menos cuantitativa- para evitar el consenso masivo entre los demás grupos, que pueda obstaculizar sus pretensiones. Es por eso que se criminaliza la pobreza, la juventud, etc. Interesante aportación a estas ideas es la lucha frontal que el gobierno de Maduro hizo a las maras y pandillas.
Sin embargo, es necesario entender que una sociedad fragmentada es muy propia de las democracias incipientes y formalistas en las que la verdadera participación ciudadana no es un concepto transversal y ampliamente practicado, ya que se estructuran en procesos cerrados, cuya máxima manifestación es la elección, en lugar de serlo la ciudadanía activa. En estas democracias cerradas, los movimientos sociales son mal vistos, ya que pueden minar las trincheras de los poderosos que no están dispuestos a ceder ni un ápice de sus reinos oligárquicos.
Siendo más breves, al hablar de cohesión nos referimos a la acción y efecto de reunirse o adherirse las cosas entre sí o la materia de que están formadas. Entiéndase adosarse, entiéndase adjuntarse. Bajo esta perspectiva, la cohesión no implica mejora cualitativa de las condiciones sociales de una comunidad. Simplemente significa que aquellos que antes estaban separados, ahora estarán juntos. Igualmente, al hablar de unidad, nos referimos a la propiedad de todo ser, en virtud de la cual no puede dividirse sin que su esencia se destruya o altere. Quiere decir, que si la sociedad hondureña fuera una unidad, no habría espacio para el disenso ni para el conflicto constructivo. Todos seríamos una suerte de borregos. Imagínese, yo tendría que estar de acuerdo con Usted, y Usted indefectiblemente conmigo ¿Podría?
Hasta aquí, para mí, queda claro que la fragmentación social debilita al Estado en tanto imposibilita una postura común, conciliadora, frente a las soluciones necesarias para salir del subdesarrollo, más de valores que económico; pero la cohesión y la unidad tampoco son el camino, pues si ya somos una sociedad fácilmente manipulada, maleable, explotada….esas condiciones simplemente nos predispondrían aún más a ser utilizados por los grupos de poder que siempre se han servido de sus conciudadanos.
Sin embargo, los constituyentes del 82 tuvieron la argucia necesaria para dejarnos señas de posibles rumbos a seguir, y en el artículo 5 constitucional nos dicen que “El gobierno debe sustentarse en el principio de la democracia participativa del cual se deriva la integración nacional, que implica participación de todos los sectores políticos en la administración pública a fin de asegurar y fortalecer el progreso de Honduras basado en la estabilidad política y en la conciliación nacional”. Si hiciéramos caso a los constituyentes, significaría que antes de poder hacer un plan de país, tendríamos que modificar muchas de las estructuras gobernativas que nos caracterizan y tendríamos que dejar las construcciones representativas que han determinado a Honduras desde 1982.
Significaría que deberíamos de luchar por evitar se cancelen las incipientes reformas a la Ley Electoral, y se luche más bien por reformas más profundas por las que tanto diputados como regidores municipales sean electos por distritos y puedan participar sin muchos obstáculos burocráticos candidatos en fórmulas independientes. Incluye la no postulación del Presidente del Congreso Nacional a la Presidencia de la República. Significaría también que el plebiscito y el referéndum debieran ser ejercitados constantemente para dilucidar situaciones de interés nacional. La ciudadanía podría haber refrendado así la licitación de los combustibles -por ejemplo- y nos hubiéramos ahorrado interminables culebrones de intriga entre uno y otro bando. Significaría que las instituciones representativas como los partidos políticos y el Congreso Nacional se tendrían que convertir en verdaderas panaceas de la democracia, donde las oligarquías, el poder económico y los intereses de grupo no pudieran tener cabida. Dado este paso, tendríamos ya nuestro arquetipo, nuestro referente para la construcción de un plan de país.
Verter conceptos tan superficiales a veces puede ser perjudicial, aún y cuando aparezcan cargados de buena voluntad y sentimentalismos, sobre todo cuando se descontextualizan de su verdadero significado y se presentan como propuestas reales. Para sentar las bases que permitan la construcción de un plan de país, debemos arremangarnos la camisa, apretarnos las fajas y empezar a trabajar por cambios efectivos que permitan que Honduras avance hacia el desarrollo.
miércoles, 5 de marzo de 2008
TIENE RAZON, NO BASTA CON REZAR
Estimado Señor Martínez,
Tiene razón, no basta con rezar, pero tampoco es suficiente con señalar con el dedo a la clase política de este país. Nosotros, el resto de la ciudadanía, debemos hacernos responsables también por el destino de nuestra sociedad, nuestra juventud.
De ahí que quisiera exponerle mis ideas sobre los verdaderos orígenes de la violencia y algunos paliativos, que podrían encaminarse a ser verdaderas soluciones, si demuestran su efectividad.
La violencia, en todas sus expresiones, no es un fenómeno propio de Honduras. Esa idea inicial es necesaria para entender por qué, no sólo la política vernácula es el medio para encontrara soluciones a dicho problema. Es una realidad innegable: en los países de Centroamérica y México se reconoce el agravamiento de la violencia, como fenómeno internacional aunque con expresiones nacionales.
Aunque erróneamente se le ha atribuido a la corrupción, a la pobreza, a la migración ilegal /deportación la paternidad exclusiva del fenómeno, no podemos desconocer la responsabilidad que todos tenemos en la conformación y desarrollo de este fenómeno violento y transnacional, que además es sumamente complejo. Y al hablar de “todos” no me refiero a los actores usuales, sino a cada uno de nosotros.
La sociedad hondureña debe de asumir su responsabilidad en los procesos continuos de exclusión a los menos favorecidos en general, pero en particular a los jóvenes. Estas personas no tienen opciones para mejorar sus condiciones económicas, viven en condiciones precarias donde los servicios públicos más básicos les son negados, no tienen acceso ni a la educación ni a las fuentes de trabajo. También, debe asumir su responsabilidad en relación a la agravada pérdida de valores que nos hemos permitido, dándole prioridad a los desvalores y a lo material, lo que a hecho criminales a muchos que desean tener todo sin mucho esfuerzo aunque eso implique un elevado costo personal y familiar para ellos, y social para todos.
También debemos tomar en cuenta el aspecto cultural. Aunque no lo notemos, vivimos en un ambiente permanentemente violento (basta con ojear los diarios o ver los noticieros) sin que necesariamente esta llegue a convertirse en criminalidad. Esa es la forma en que nos relacionamos: no confiamos en los demás, no tenemos tolerancia ante los que piensan o actúan de formas diferentes a las nuestras y acudimos a la intimidación o la violencia física para resolver nuestras diferencias. Y esta es una actitud aprendida, desde nuestras casas y reforzadas en los sistemas escolares, donde los maestros todavía golpean a los niños para corregirlos, y a los que no se doblegan se les termina expulsando. Hay que agregar ahí otros ingredientes como el número de armas que circulan libremente (sumando las de portación prohibida), y el consumo en aumento de drogas. Solo en Honduras, cada ciudadano mayor de edad tiene derecho a tener en propiedad siete armas; y el portarlas es además un símbolo mal entendido de virilidad y valentía. No podemos desentendernos de lo permisivos que como sociedad hemos sido con los medios de comunicación. Bajo la bandera de la libertad de expresión, hemos permitido que nosotros y nuestros niños seamos constantemente bombardeados con la nota amarilla y la nota roja, con programación deconstructiva e idiotizante: telenovelas, violencia, etc…Qué decir de los problemas intrafamiliares, las familias disfuncionales, que se han caracterizado por abandono y negligencia de uno o ambos padres, maltrato infantil, historia familiar de violencia e incluso movilidad constante del grupo familiar, causante de un sentido permanente de desarraigo. Nos criamos en un ambiente de deslealtad, sumergidos en un ciclo reproductor de ésta: la violencia genera más violencia, donde todos somos a la vez victimas y victimarios.
El desarrollo urbano tampoco ha sido cuidadosamente planificado, y aunque en este aspecto es más evidente la influencia que han podido tener los políticos, o más bien, su falta de influencia, muchos antivalores se generan por el ocio, cuando se ve agravado con la aglomeración, el hacinamiento y la falta de espacios privados y de esparcimiento.
La violencia asociada a las pandillas juveniles, así como el agravamiento de otras expresiones de violencia social, han contribuido a incrementar los niveles de inseguridad en el país. Esta situación ha causado miles de víctimas, y ha demostrado lo parcial del abordaje implementado por los gobiernos de la región, sin que hasta el momento se cuenten con políticas estatales integrales capaces de enfrentarla, a las que se les asignen los recursos verdaderamente necesarios. Es cierto, pero la sociedad no pueda quedarse cruzada de manos esperando a que resulte o no una solución excesivamente paternalista para mi gusto. ¿Entretanto qué hace usted y qué hago yo?
Es posible construir una cultura de paz en Honduras, de que es posible atenuar el fenómeno de la violencia, todo ello si existe verdadera voluntad política de encaminar los esfuerzos y los recursos necesarios. Pero especialmente si los hondureños realmente tenemos la voluntad de hacer cambios en nuestros círculos más inmediatos: nuestra familia, nuestra comunidad. Merecemos todos, un presente con expectativas de futuro.
Todos los representantes gubernamentales de la región, alcaldes municipales, partidos políticos, representantes de organizaciones de sociedad civil, líderes comunitarios, académicos, investigadores, fuerzas policiales, sectores religiosos, medios de comunicación y a la ciudadanía en general, a realizar un giro radical en las políticas adoptadas hasta ahora, a abrir espacios de diálogo reales y eficaces en los que no prevalezcan los prejuicios ideológicos ni las posturas politizadas, a renunciar a actitudes represivas basadas sólo en las consecuencias del problema y no en las causas estructurales del mismo. Es la responsabilidad de todos no permitir que sigamos en esta vorágine de violencia.
Tiene razón, no basta con rezar, pero tampoco es suficiente con señalar con el dedo a la clase política de este país. Nosotros, el resto de la ciudadanía, debemos hacernos responsables también por el destino de nuestra sociedad, nuestra juventud.
De ahí que quisiera exponerle mis ideas sobre los verdaderos orígenes de la violencia y algunos paliativos, que podrían encaminarse a ser verdaderas soluciones, si demuestran su efectividad.
La violencia, en todas sus expresiones, no es un fenómeno propio de Honduras. Esa idea inicial es necesaria para entender por qué, no sólo la política vernácula es el medio para encontrara soluciones a dicho problema. Es una realidad innegable: en los países de Centroamérica y México se reconoce el agravamiento de la violencia, como fenómeno internacional aunque con expresiones nacionales.
Aunque erróneamente se le ha atribuido a la corrupción, a la pobreza, a la migración ilegal /deportación la paternidad exclusiva del fenómeno, no podemos desconocer la responsabilidad que todos tenemos en la conformación y desarrollo de este fenómeno violento y transnacional, que además es sumamente complejo. Y al hablar de “todos” no me refiero a los actores usuales, sino a cada uno de nosotros.
La sociedad hondureña debe de asumir su responsabilidad en los procesos continuos de exclusión a los menos favorecidos en general, pero en particular a los jóvenes. Estas personas no tienen opciones para mejorar sus condiciones económicas, viven en condiciones precarias donde los servicios públicos más básicos les son negados, no tienen acceso ni a la educación ni a las fuentes de trabajo. También, debe asumir su responsabilidad en relación a la agravada pérdida de valores que nos hemos permitido, dándole prioridad a los desvalores y a lo material, lo que a hecho criminales a muchos que desean tener todo sin mucho esfuerzo aunque eso implique un elevado costo personal y familiar para ellos, y social para todos.
También debemos tomar en cuenta el aspecto cultural. Aunque no lo notemos, vivimos en un ambiente permanentemente violento (basta con ojear los diarios o ver los noticieros) sin que necesariamente esta llegue a convertirse en criminalidad. Esa es la forma en que nos relacionamos: no confiamos en los demás, no tenemos tolerancia ante los que piensan o actúan de formas diferentes a las nuestras y acudimos a la intimidación o la violencia física para resolver nuestras diferencias. Y esta es una actitud aprendida, desde nuestras casas y reforzadas en los sistemas escolares, donde los maestros todavía golpean a los niños para corregirlos, y a los que no se doblegan se les termina expulsando. Hay que agregar ahí otros ingredientes como el número de armas que circulan libremente (sumando las de portación prohibida), y el consumo en aumento de drogas. Solo en Honduras, cada ciudadano mayor de edad tiene derecho a tener en propiedad siete armas; y el portarlas es además un símbolo mal entendido de virilidad y valentía. No podemos desentendernos de lo permisivos que como sociedad hemos sido con los medios de comunicación. Bajo la bandera de la libertad de expresión, hemos permitido que nosotros y nuestros niños seamos constantemente bombardeados con la nota amarilla y la nota roja, con programación deconstructiva e idiotizante: telenovelas, violencia, etc…Qué decir de los problemas intrafamiliares, las familias disfuncionales, que se han caracterizado por abandono y negligencia de uno o ambos padres, maltrato infantil, historia familiar de violencia e incluso movilidad constante del grupo familiar, causante de un sentido permanente de desarraigo. Nos criamos en un ambiente de deslealtad, sumergidos en un ciclo reproductor de ésta: la violencia genera más violencia, donde todos somos a la vez victimas y victimarios.
El desarrollo urbano tampoco ha sido cuidadosamente planificado, y aunque en este aspecto es más evidente la influencia que han podido tener los políticos, o más bien, su falta de influencia, muchos antivalores se generan por el ocio, cuando se ve agravado con la aglomeración, el hacinamiento y la falta de espacios privados y de esparcimiento.
La violencia asociada a las pandillas juveniles, así como el agravamiento de otras expresiones de violencia social, han contribuido a incrementar los niveles de inseguridad en el país. Esta situación ha causado miles de víctimas, y ha demostrado lo parcial del abordaje implementado por los gobiernos de la región, sin que hasta el momento se cuenten con políticas estatales integrales capaces de enfrentarla, a las que se les asignen los recursos verdaderamente necesarios. Es cierto, pero la sociedad no pueda quedarse cruzada de manos esperando a que resulte o no una solución excesivamente paternalista para mi gusto. ¿Entretanto qué hace usted y qué hago yo?
Es posible construir una cultura de paz en Honduras, de que es posible atenuar el fenómeno de la violencia, todo ello si existe verdadera voluntad política de encaminar los esfuerzos y los recursos necesarios. Pero especialmente si los hondureños realmente tenemos la voluntad de hacer cambios en nuestros círculos más inmediatos: nuestra familia, nuestra comunidad. Merecemos todos, un presente con expectativas de futuro.
Todos los representantes gubernamentales de la región, alcaldes municipales, partidos políticos, representantes de organizaciones de sociedad civil, líderes comunitarios, académicos, investigadores, fuerzas policiales, sectores religiosos, medios de comunicación y a la ciudadanía en general, a realizar un giro radical en las políticas adoptadas hasta ahora, a abrir espacios de diálogo reales y eficaces en los que no prevalezcan los prejuicios ideológicos ni las posturas politizadas, a renunciar a actitudes represivas basadas sólo en las consecuencias del problema y no en las causas estructurales del mismo. Es la responsabilidad de todos no permitir que sigamos en esta vorágine de violencia.
lunes, 3 de marzo de 2008
ZAPATERO A SUS ZAPATOS
La Iglesia (Católica) es una institución trasnacional que tiene más de dos mil años de existencia. Después de tanto tiempo, no es posible desestimar el poder y la influencia que ésta puede ejercer sobre una sociedad, donde la mayoría de la población profesa esta fe. De ahí que, inteligentemente, los gobiernos modernos han aprendido a convivir con ella, aunque estemos en vivamos en un Estado laico y liberal. Desestimar su influencia social y su capacidad histórica es un error político importante, que nuestros políticos han aprendido a no cometer, encontrando en la ella muchas veces a un aliado importante. Eso creo que para todos es claro. El problema realmente lo presentan las Iglesias que se autodenominan “cristianas” (como que si la Católica y las tradicionales evangélicas no lo fueran), pues estás, de factura reciente han ido ganando espacios importantes sin contar con un verdadero sustento dogmático y tradicional. Mucho más, cuando los espacios ganados corresponden a su participación directa en los partidos políticos de derecha.
La Iglesia en estos tiempos, se ha ido desvinculando paulatinamente de sus vínculos oligárquicos y se ha convertido en un verdadero contrapeso que ha servido para mantener en la mesa pública de discusión temas tales como la pobreza, la migración, la violencia (especialmente juvenil), la inversión social, etc., respetando en ese proceso la separación Iglesia-Estado y el principio de no-intervención. Si bien debemos entender que la participación de las diversas congregaciones en el ámbito social implica un posicionamiento político, lo que no debemos permitir es que su función social implique participación alguna en la vida partidaria.
Sin embargo, los pastores de estas nuevas “Iglesias” han querido influir, además de la vida espiritual de sus feligreses, en la política vernácula. Ese nuevo posicionamiento de esas iglesias-sectas es la que se vuelve verdaderamente peligrosa, pues al no poder conciliar con sus contrapartes católicas y evangélicas en el ámbito doctrinario-religioso, e inmiscuirse en la política partidaria pueden causar un fraccionamiento social. Aquellos que no profesamos sus creencias vemos en ellos posiciones inconsecuentes y de intolerancia casi irracional con aspectos cotidianos de la vida, ¿Qué pasaría cuando éstas con esos criterios quieran influir en decisiones eminentemente políticas que afecten la gobernabilidad de este pueblo?
Mi abuela, sabiamente, decía siempre “zapatero a sus zapatos”. Si bien es cierto que nuestra Constitución reconoce la libertad de culto, no es menos cierto que dicha libertad debe limitarse a eso, al ámbito religioso, pudiendo admitirse –tal vez- su inmersión en las cuestiones sociales, si queremos reconocer el ámbito público que adquiere la religiosidad, y no limitarlo a la privacidad del individuo. Vivimos en un Estado de Derecho en el que la convivencia social es definida por normas jurídicas. No podemos permitir que esa juridicidad se rompa. No puede anteponerse el dogma religioso, ni siquiera la Biblia, ante las leyes que nos rigen. No podemos regresar en la historia y admitir que nuestro sistema de gobierno retroceda a una “eclesiocracia”. Con esto no significa que los cristianos deben permanecer ajenos al proceso político, significa que cuando están participando de éste, deben hacerlo en su calidad de ciudadanos y no de miembros de una denominación específica, porque el fin del Estado en el bien común y no la imposición de ideas consideradas apropiadas por una minoría. Vivimos en un Estado democrático. Los que nos administran no son ministros de Dios, son funcionarios gubernamentales. Estos no pueden estar controlados por categorías bíblico-religiosas que los limitan en su neutralidad, objetividad y tolerancia. En su accionar debe imperar la libertad y tener como panacea la voluntad del pueblo que los ha elegido. Por su parte, las congregaciones no deben comprometer su labor catequizadora afiliándose a ningún ideario político partidario. ¿Qué pasa con sus seguidores si pertenecen a un partido distinto? Y viceversa, ¿Qué pasa con los miembros de un partido que profesan otra fe?
Si bien es cierto que la política para que realmente sea un proceso democrático debe ser incluyente, pero no puede mezclarse con la religión, pues sus fines son irreconciliables. La política tiene que ver con lo mundano, con lo temporal; la religión supone lo infinito y espiritual. Su participación en la vida política nacional debe limitarse a resaltar la moral, contribuyendo a un desarrollo de valores en nuestra sociedad. Nada más.
La Iglesia en estos tiempos, se ha ido desvinculando paulatinamente de sus vínculos oligárquicos y se ha convertido en un verdadero contrapeso que ha servido para mantener en la mesa pública de discusión temas tales como la pobreza, la migración, la violencia (especialmente juvenil), la inversión social, etc., respetando en ese proceso la separación Iglesia-Estado y el principio de no-intervención. Si bien debemos entender que la participación de las diversas congregaciones en el ámbito social implica un posicionamiento político, lo que no debemos permitir es que su función social implique participación alguna en la vida partidaria.
Sin embargo, los pastores de estas nuevas “Iglesias” han querido influir, además de la vida espiritual de sus feligreses, en la política vernácula. Ese nuevo posicionamiento de esas iglesias-sectas es la que se vuelve verdaderamente peligrosa, pues al no poder conciliar con sus contrapartes católicas y evangélicas en el ámbito doctrinario-religioso, e inmiscuirse en la política partidaria pueden causar un fraccionamiento social. Aquellos que no profesamos sus creencias vemos en ellos posiciones inconsecuentes y de intolerancia casi irracional con aspectos cotidianos de la vida, ¿Qué pasaría cuando éstas con esos criterios quieran influir en decisiones eminentemente políticas que afecten la gobernabilidad de este pueblo?
Mi abuela, sabiamente, decía siempre “zapatero a sus zapatos”. Si bien es cierto que nuestra Constitución reconoce la libertad de culto, no es menos cierto que dicha libertad debe limitarse a eso, al ámbito religioso, pudiendo admitirse –tal vez- su inmersión en las cuestiones sociales, si queremos reconocer el ámbito público que adquiere la religiosidad, y no limitarlo a la privacidad del individuo. Vivimos en un Estado de Derecho en el que la convivencia social es definida por normas jurídicas. No podemos permitir que esa juridicidad se rompa. No puede anteponerse el dogma religioso, ni siquiera la Biblia, ante las leyes que nos rigen. No podemos regresar en la historia y admitir que nuestro sistema de gobierno retroceda a una “eclesiocracia”. Con esto no significa que los cristianos deben permanecer ajenos al proceso político, significa que cuando están participando de éste, deben hacerlo en su calidad de ciudadanos y no de miembros de una denominación específica, porque el fin del Estado en el bien común y no la imposición de ideas consideradas apropiadas por una minoría. Vivimos en un Estado democrático. Los que nos administran no son ministros de Dios, son funcionarios gubernamentales. Estos no pueden estar controlados por categorías bíblico-religiosas que los limitan en su neutralidad, objetividad y tolerancia. En su accionar debe imperar la libertad y tener como panacea la voluntad del pueblo que los ha elegido. Por su parte, las congregaciones no deben comprometer su labor catequizadora afiliándose a ningún ideario político partidario. ¿Qué pasa con sus seguidores si pertenecen a un partido distinto? Y viceversa, ¿Qué pasa con los miembros de un partido que profesan otra fe?
Si bien es cierto que la política para que realmente sea un proceso democrático debe ser incluyente, pero no puede mezclarse con la religión, pues sus fines son irreconciliables. La política tiene que ver con lo mundano, con lo temporal; la religión supone lo infinito y espiritual. Su participación en la vida política nacional debe limitarse a resaltar la moral, contribuyendo a un desarrollo de valores en nuestra sociedad. Nada más.
domingo, 2 de marzo de 2008
éxtasis
éxtasis
deducirte y entretanto gozarme
ajustan las mitades abiertas de mi.
mirar tus ojos batidos sin requisa
satisfacen la intención de sentir.
tomás con pausa la indulgente codicia
sabiéndome de la cabeza al suelo
en mi tiempo y tuya eterna.
se enlazan sudorosas las manos
en un momento pendiente con tu beso,
obligando a desertar sin transigir
las difusas pretensiones del cuerpo.
tus dedos expertos me conducen
al codiciado camino del éxtasis,
infalible por el destino del sueño,
develándome que sí existe el cielo,
pero jamás eterno, más bien fugaz,
en el estallido vital que brota
ahora, de tu celo en mi celo.
deducirte y entretanto gozarme
ajustan las mitades abiertas de mi.
mirar tus ojos batidos sin requisa
satisfacen la intención de sentir.
tomás con pausa la indulgente codicia
sabiéndome de la cabeza al suelo
en mi tiempo y tuya eterna.
se enlazan sudorosas las manos
en un momento pendiente con tu beso,
obligando a desertar sin transigir
las difusas pretensiones del cuerpo.
tus dedos expertos me conducen
al codiciado camino del éxtasis,
infalible por el destino del sueño,
develándome que sí existe el cielo,
pero jamás eterno, más bien fugaz,
en el estallido vital que brota
ahora, de tu celo en mi celo.
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