miércoles, 5 de marzo de 2008

TIENE RAZON, NO BASTA CON REZAR

Estimado Señor Martínez,

Tiene razón, no basta con rezar, pero tampoco es suficiente con señalar con el dedo a la clase política de este país. Nosotros, el resto de la ciudadanía, debemos hacernos responsables también por el destino de nuestra sociedad, nuestra juventud.

De ahí que quisiera exponerle mis ideas sobre los verdaderos orígenes de la violencia y algunos paliativos, que podrían encaminarse a ser verdaderas soluciones, si demuestran su efectividad.

La violencia, en todas sus expresiones, no es un fenómeno propio de Honduras. Esa idea inicial es necesaria para entender por qué, no sólo la política vernácula es el medio para encontrara soluciones a dicho problema. Es una realidad innegable: en los países de Centroamérica y México se reconoce el agravamiento de la violencia, como fenómeno internacional aunque con expresiones nacionales.

Aunque erróneamente se le ha atribuido a la corrupción, a la pobreza, a la migración ilegal /deportación la paternidad exclusiva del fenómeno, no podemos desconocer la responsabilidad que todos tenemos en la conformación y desarrollo de este fenómeno violento y transnacional, que además es sumamente complejo. Y al hablar de “todos” no me refiero a los actores usuales, sino a cada uno de nosotros.

La sociedad hondureña debe de asumir su responsabilidad en los procesos continuos de exclusión a los menos favorecidos en general, pero en particular a los jóvenes. Estas personas no tienen opciones para mejorar sus condiciones económicas, viven en condiciones precarias donde los servicios públicos más básicos les son negados, no tienen acceso ni a la educación ni a las fuentes de trabajo. También, debe asumir su responsabilidad en relación a la agravada pérdida de valores que nos hemos permitido, dándole prioridad a los desvalores y a lo material, lo que a hecho criminales a muchos que desean tener todo sin mucho esfuerzo aunque eso implique un elevado costo personal y familiar para ellos, y social para todos.

También debemos tomar en cuenta el aspecto cultural. Aunque no lo notemos, vivimos en un ambiente permanentemente violento (basta con ojear los diarios o ver los noticieros) sin que necesariamente esta llegue a convertirse en criminalidad. Esa es la forma en que nos relacionamos: no confiamos en los demás, no tenemos tolerancia ante los que piensan o actúan de formas diferentes a las nuestras y acudimos a la intimidación o la violencia física para resolver nuestras diferencias. Y esta es una actitud aprendida, desde nuestras casas y reforzadas en los sistemas escolares, donde los maestros todavía golpean a los niños para corregirlos, y a los que no se doblegan se les termina expulsando. Hay que agregar ahí otros ingredientes como el número de armas que circulan libremente (sumando las de portación prohibida), y el consumo en aumento de drogas. Solo en Honduras, cada ciudadano mayor de edad tiene derecho a tener en propiedad siete armas; y el portarlas es además un símbolo mal entendido de virilidad y valentía. No podemos desentendernos de lo permisivos que como sociedad hemos sido con los medios de comunicación. Bajo la bandera de la libertad de expresión, hemos permitido que nosotros y nuestros niños seamos constantemente bombardeados con la nota amarilla y la nota roja, con programación deconstructiva e idiotizante: telenovelas, violencia, etc…Qué decir de los problemas intrafamiliares, las familias disfuncionales, que se han caracterizado por abandono y negligencia de uno o ambos padres, maltrato infantil, historia familiar de violencia e incluso movilidad constante del grupo familiar, causante de un sentido permanente de desarraigo. Nos criamos en un ambiente de deslealtad, sumergidos en un ciclo reproductor de ésta: la violencia genera más violencia, donde todos somos a la vez victimas y victimarios.

El desarrollo urbano tampoco ha sido cuidadosamente planificado, y aunque en este aspecto es más evidente la influencia que han podido tener los políticos, o más bien, su falta de influencia, muchos antivalores se generan por el ocio, cuando se ve agravado con la aglomeración, el hacinamiento y la falta de espacios privados y de esparcimiento.

La violencia asociada a las pandillas juveniles, así como el agravamiento de otras expresiones de violencia social, han contribuido a incrementar los niveles de inseguridad en el país. Esta situación ha causado miles de víctimas, y ha demostrado lo parcial del abordaje implementado por los gobiernos de la región, sin que hasta el momento se cuenten con políticas estatales integrales capaces de enfrentarla, a las que se les asignen los recursos verdaderamente necesarios. Es cierto, pero la sociedad no pueda quedarse cruzada de manos esperando a que resulte o no una solución excesivamente paternalista para mi gusto. ¿Entretanto qué hace usted y qué hago yo?

Es posible construir una cultura de paz en Honduras, de que es posible atenuar el fenómeno de la violencia, todo ello si existe verdadera voluntad política de encaminar los esfuerzos y los recursos necesarios. Pero especialmente si los hondureños realmente tenemos la voluntad de hacer cambios en nuestros círculos más inmediatos: nuestra familia, nuestra comunidad. Merecemos todos, un presente con expectativas de futuro.

Todos los representantes gubernamentales de la región, alcaldes municipales, partidos políticos, representantes de organizaciones de sociedad civil, líderes comunitarios, académicos, investigadores, fuerzas policiales, sectores religiosos, medios de comunicación y a la ciudadanía en general, a realizar un giro radical en las políticas adoptadas hasta ahora, a abrir espacios de diálogo reales y eficaces en los que no prevalezcan los prejuicios ideológicos ni las posturas politizadas, a renunciar a actitudes represivas basadas sólo en las consecuencias del problema y no en las causas estructurales del mismo. Es la responsabilidad de todos no permitir que sigamos en esta vorágine de violencia.

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