¿Se acuerdan Ustedes de la saga de los Buendía que inicia con Ursula y Arcadio, y se extiende por cien años hasta culminar con el hijo de Amaranta Ursula y el último José Arcadio? ¿Aquel de la cola de cerdo? ¿Se acuerdan Ustedes de Jacob y sus doce hijos, que después se convertirían en Israel y sus doce tribus, tal y como se describen en el Pentateuco? ¿Quién no ha oído de los linajes reales europeos tales como los Habsburgo, los Orange Nassau, los Borbón, los Grimaldi, y sus enfermedades congénitas como la hemofilia?
Supongo que será difícil hallar la relación entre los temas que les he señalado, pero se encuentran estrechamente unidos, aunque no lo parezca. Los une una práctica que tiene orígenes inmemoriales; una ciencia que ha acompañado al hombre aún antes de la misma historia, tal y como la conocemos ahora, y que es tan antigua como el concepto de familia –nació con ella-. Nació de esa búsqueda del Adán común, como una necesidad de determinar la identidad individual como parte de un colectivo, como parte de una tradición.
Ampliamente, genealogía, además de listas de nombres de antepasados de una persona, es la ciencia que permite el conocimiento de la familia, considerada como un conjunto de personas integradas en diferentes generaciones.
La genealogía es una constante adosada a la historia de los pueblos. Es verdad que en sus orígenes se limitaba al recitado de sucesiones de nombres de padres e hijos en una cadena biológica, discursos de los que queda constancia en la Biblia, por ejemplo, y que se practicaban ritualmente por los hebreos que enseñaban de memoria a los niños las generaciones que les habían precedido, pero no la encontremos no solo en la historia hebrea, sino que en todos los pueblos de la antigüedad como hecho fundamental, no sólo para regular los derechos meramente privados y familiares, sino para gozar de los mismos derechos públicos, como eran los cargos religiosos y militares de las tribus, y con mayor razón para el de jefe de ella, sobre todo desde que esta jefatura se hizo hereditaria, convirtiéndose en monarquía.
La medida de la importancia que el Pueblo Hebreo daba a la Genealogía la podemos percibir con sólo considerar que once capítulos del Génesis, que comprenden dos mil años y nos llevan desde Adán hasta Abraham, lo llenan los demás pueblos de la tierra con infinidad de dioses y leyendas.
En Egipto, nos permitió conocer sus Dinastías, de las que se cuentan hasta treinta y dos, que llenan 3.300 años de historia. La última dinastía fue la de los Ptolomeos, que tuvo fin con la célebre Cleopatra.
Los romanos muestran su interés genealógico en lo jurídico y en lo social. En el Derecho son muchas las instituciones en que interviene el parentesco. En lo social, la población de los primeros tiempos se divide en dos clases: patricios y plebeyos; los primeros se agrupan en diez curias, formadas por diez gens -parentelas o linajes- cada una. Rómulo, fundador de Roma, procedía de la gens Julia, cuyo origen está en Julo, hijo de Aeneas. El jefe de la gens extiende su autoridad sobre todos los miembros del linaje, del mismo modo que el pater familiae la tiene absoluta sobre todos los que viven en la casa.
En épocas posteriores la Genealogía decae, pues los hombres se identifican ya más por su nombre y apellido, el nomen gentilitium de los romanos, aplicado en casi todos los pueblos. Ya no hacía falta, decir quién era el padre, el abuelo, el bisabuelo, etc. Aunque si observamos la ley que regía la formación de los apellidos patronímicos, hemos de reconocer que en ellos, en forma comprimida, se nos da una corta genealogía que se logra continuar por varias generaciones; así, Pedro Ruiz era tanto como decir "Pedro hijo de Rodrigo", y si al padre de éste se le conocía por Rui Díaz, en definitiva se venía a saber cómo aquél era "Pedro hijo de Rodrigo y nieto de Diego". Pero lo que no cabe duda es que el uso del nombre y apellido, generalizado por completo en la Edad Media, hizo a la genealogía más precisa.
En tiempos más cercanos a nosotros, en los albores de la Edad Moderna, la Genealogía comienza a desarrollarse sobre bases más ciertas, ya que desde finales del siglo XV, y más extensamente en el XVI, se puede hacer constar con fechas exactas los actos principales de la vida de los descendientes de un linaje. Debemos a la Iglesia este avance; es en los libros sacramentales de bautismo, casamiento y defunción, que como obligatorios dispone llevar el Concilio de Trento, donde se toma razón de estos actos.
En la actualidad
La Genealogía ya no se limita a ser una ciencia auxiliar de la Historia, porque hoy es ya piedra fundamental de muchas ciencias, entre ellas de la Estadística, de la Biología, de la Genética, de la Medicina, de la Zoología, de la Botánica, del Derecho y hasta de ciertas partes de las ciencias exactas. Las relaciones de la genealogía con la matemática y la estadística son muy numerosas. Por ejemplo: el asunto de los sistemas de numeración de los ascendientes que, por constituir en principio una progresión geométrica.
¿Puede el mundo de las leyes prescindir de la genealogía? No sólo los civilistas y los canonistas deben manejar sus conceptos con soltura. Las regulaciones familiares de ambas disciplinas abarcan el nombre, el estado civil y la adquisición de derechos ciudadanos, las relaciones paterno-filiales, las matrimoniales, el divorcio, la nulidad matrimonial, la regulación de las parejas de hecho, la paternidad biológica y la adoptiva, la tutela y la curatela, el fallecimiento y la herencia.
Los penalistas han de conocer los grados de parentesco entre los autores y las víctimas de los delitos de abusos sexuales, de parricidio o de otras muchas figuras delictivas en las que las relaciones paternas pueden actuar como eximentes, atenuantes o agravantes, según los casos.
Para hacer la genealogía de un linaje cualquiera, que normalmente es factible hasta la 11ª generación, es preciso seguir un método racional ya que sus miembros pasan de un millar.
A la hora de hacer un árbol familiar todos nos hacemos la misma pregunta ¿por donde empiezo? Pues yo voy a dar unos consejos prácticos para comenzar en el difícil trabajo de hacer un árbol de familia:
- El primer paso básico es, en caso de vivir familiares mayores, sacarles la mayor cantidad de información posible. Son la mejor fuente y la más directa a la hora de obtener datos de la familia, con la información que les den pueden obtener datos de cómo mínimo cinco generaciones.
- El segundo paso ligado al anterior es buscar en los papeles conservados en la familia la mayor cantidad de datos posibles. Pueden encontrar en los sitios más insospechados y en el documento menos pensado datos de enorme valor. Hace algunos meses –por ejemplo- yo conseguí todas las cartas que se intercambiaron mis abuelos maternos los últimos meses antes de su boda, ya que me abuela residía en Guatemala y mi abuelo estudiaba su especialización en Costa Rica. Leer esos documentos tan personales, tan íntimos, me permitió echar de ver aspectos de sus personalidades que no había tenido la oportunidad de conocer. Me permitió corroborar la inmensa riqueza personal que cada individuo tiene en su interior, y a entender que nos parecemos unos con otros, más de lo que creemos. Fue un viaje increíble conocer los pensamientos cotidianos de dos enamorados que vislumbraban un futuro, una vida compartida; y poder evaluar hasta donde todas esas ilusiones se vieron concretadas.
- Posteriormente ya se vuelve necesario hacer investigaciones de campo, revisando registros, publicaciones, etc.
La genealogía –tal como se los comenté al principio- es uno de los pasatiempos más interesantes y menos practicados en este país. Es una forma entretenida de conectar a las personas con sus familias, a éstas con sus historias y con otras familias.
En mi caso, el proyecto de conocer mis raíces lleva intermitentemente más de una década, pero ha sido hasta este último año cuando se volvió un ejercicio serio y disciplinado, que me ha permitido conectar a más de mil personas en un período de casi trescientos años.
Así, voy armando a pedacitos la historia de una familia formada por inmigrantes franceses, escoceses, españoles, mexicanos, salvadoreños y guatemaltecos, con mezclas raciales que van desde el blanco centroeuropeo, pasando por el blanco anglosajón, el judío sefardí, el lenca nativo, el negro liberto y, por su puesto, el español peninsular. Donde se conjunta una pléyade socio-cultural que incluye: condes y barones de rancio abolengo; campesinos mestizos; matronas matriarcales; presidentes, ministros y magistrados; profesionales luchadores y funcionarios clericales. Y así se cuentan historias negras de intrigas políticas, incestos, exilios, demencias y embrujos; superadas por las otras, las de héroes patrios, poetas, escritores, revolucionarios, mujeres progresistas, trabajadores honrados y una identidad familiar que con el tiempo se mantiene incólume y privilegiada.
Es tiempo de colaborar a construir parte de la historia de país, conociendo la historia familiar. Y no se mal entienda como una necesidad de destacar o segregarse. Es, más bien, un viaje de auto-descubrimiento que nos permite saber quienes somos, de donde venimos y cuales son nuestras posibilidades.
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