Hace unos meses, leí un manifiesto circulado por uno de esos políticos de cafetín, en el que nos decía que era necesario construir un plan de país, y que en esta sociedad fragmentada, era necesaria la unidad y la cohesión para poder salir adelante. No se cual era su intención verdadera, pues entiendo que pertenece al partido que está en el poder, por lo que hubiera esperado, que considerara la propuesta del Presidente Zelaya, como un plan de país valedero. Después de esas cavilaciones, me apresté a analizar concienzudamente dicha invitación. Sin embargo adquirió –para mí- carácter de pasquín, en tanto utilizaba frases panfletarias y conceptos desahuciados para conformarla. Al respecto me gustaría hacer los siguientes comentarios.
Cuando hablamos de un plan de país, hablamos de un modelo sistemático que debe regir la vida pública de un Estado, que se elabora anticipadamente para dirigirlo y encauzarlo. Eso significa que para redactar un documento contentivo de un Plan de País, previamente se debe haber elaborado un arquetipo o punto de referencia para imitarlo o reproducirlo. Un modelo original y primario. Un modelo “ideal”. Este modelo deberá ajustarse a un conjunto de reglas o principios éticos y políticos racionalmente enlazados entre sí, que permitan a los hondureños en un futuro mediato realizar actos libres y conscientes con trascendencia para la sociedad y las instituciones de gobierno, con el fin de encaminarlo en su intención última. El meollo del asunto es en este caso, poder definir cual es el objetivo final del Estado Hondureño, es decir, su intención última. El artículo 1 de la constitución nos da algunas luces al respecto señalando que “Honduras es un Estado de derecho, soberano, constituido como república libre, democrática e independiente para asegurar a sus habitantes el goce de la justicia, la libertad, la cultura y el bienestar económico y social”.
Conociendo el propósito del Estado de Honduras, y con miras a poder definir un plan de país, primero debería poder hacerse un ejercicio filosófico profundo que nos permita tener un consenso general de los conceptos de comunes de justicia, libertad, bienestar. Esto de por sí es una labor epopéyica que dilataría más de una generación en condiciones tan disímiles como las que ostenta la población hondureña. Imagínense a la colectividad argumentando sobre si la justicia se refiere a una cualidad distributiva de las pretensiones individuales, a la libertad contractual, a la igualdad social, al bienestar colectivo o a la equidad. En fin, un ejercicio utópico. Tampoco contamos con suficientes académicos como para delegar en ellos dicha tarea.
¿Y después qué? ¿Cómo daríamos forma a ese arquetipo necesario que sería la referencia futura, ese plan de país?
Es ahora cuando en este análisis se vuelve pertinente analizar si la fragmentación perjudica un posible proceso de concepción de un plan de país, y si la cohesión y la unidad social son posibles respuestas.
Al hablar de una sociedad fragmentada –el cual es un concepto sociopolítico y no ético- normalmente nos referimos a una sociedad en discriminación, en la que ciertos grupos permanecen aislados de otros en tanto en tanto los vamos diferenciando bajo los conceptos clásicos de las minorías. Normalmente este impulso fragmentador corresponde a las clases dominantes, que como estrategia buscan dividir y aislar a grupos específicos para posteriormente enfrentarlos en tanto ellos mismos consideran sus interés y posiciones propias como irreconciliables con los de las demás “minorías”. La fragmentación social obedece a tácticas de control utilizadas en relaciones de poder por los grupos dominantes, aunque estos sean realmente la “minoría” poblacional –al menos cuantitativa- para evitar el consenso masivo entre los demás grupos, que pueda obstaculizar sus pretensiones. Es por eso que se criminaliza la pobreza, la juventud, etc. Interesante aportación a estas ideas es la lucha frontal que el gobierno de Maduro hizo a las maras y pandillas.
Sin embargo, es necesario entender que una sociedad fragmentada es muy propia de las democracias incipientes y formalistas en las que la verdadera participación ciudadana no es un concepto transversal y ampliamente practicado, ya que se estructuran en procesos cerrados, cuya máxima manifestación es la elección, en lugar de serlo la ciudadanía activa. En estas democracias cerradas, los movimientos sociales son mal vistos, ya que pueden minar las trincheras de los poderosos que no están dispuestos a ceder ni un ápice de sus reinos oligárquicos.
Siendo más breves, al hablar de cohesión nos referimos a la acción y efecto de reunirse o adherirse las cosas entre sí o la materia de que están formadas. Entiéndase adosarse, entiéndase adjuntarse. Bajo esta perspectiva, la cohesión no implica mejora cualitativa de las condiciones sociales de una comunidad. Simplemente significa que aquellos que antes estaban separados, ahora estarán juntos. Igualmente, al hablar de unidad, nos referimos a la propiedad de todo ser, en virtud de la cual no puede dividirse sin que su esencia se destruya o altere. Quiere decir, que si la sociedad hondureña fuera una unidad, no habría espacio para el disenso ni para el conflicto constructivo. Todos seríamos una suerte de borregos. Imagínese, yo tendría que estar de acuerdo con Usted, y Usted indefectiblemente conmigo ¿Podría?
Hasta aquí, para mí, queda claro que la fragmentación social debilita al Estado en tanto imposibilita una postura común, conciliadora, frente a las soluciones necesarias para salir del subdesarrollo, más de valores que económico; pero la cohesión y la unidad tampoco son el camino, pues si ya somos una sociedad fácilmente manipulada, maleable, explotada….esas condiciones simplemente nos predispondrían aún más a ser utilizados por los grupos de poder que siempre se han servido de sus conciudadanos.
Sin embargo, los constituyentes del 82 tuvieron la argucia necesaria para dejarnos señas de posibles rumbos a seguir, y en el artículo 5 constitucional nos dicen que “El gobierno debe sustentarse en el principio de la democracia participativa del cual se deriva la integración nacional, que implica participación de todos los sectores políticos en la administración pública a fin de asegurar y fortalecer el progreso de Honduras basado en la estabilidad política y en la conciliación nacional”. Si hiciéramos caso a los constituyentes, significaría que antes de poder hacer un plan de país, tendríamos que modificar muchas de las estructuras gobernativas que nos caracterizan y tendríamos que dejar las construcciones representativas que han determinado a Honduras desde 1982.
Significaría que deberíamos de luchar por evitar se cancelen las incipientes reformas a la Ley Electoral, y se luche más bien por reformas más profundas por las que tanto diputados como regidores municipales sean electos por distritos y puedan participar sin muchos obstáculos burocráticos candidatos en fórmulas independientes. Incluye la no postulación del Presidente del Congreso Nacional a la Presidencia de la República. Significaría también que el plebiscito y el referéndum debieran ser ejercitados constantemente para dilucidar situaciones de interés nacional. La ciudadanía podría haber refrendado así la licitación de los combustibles -por ejemplo- y nos hubiéramos ahorrado interminables culebrones de intriga entre uno y otro bando. Significaría que las instituciones representativas como los partidos políticos y el Congreso Nacional se tendrían que convertir en verdaderas panaceas de la democracia, donde las oligarquías, el poder económico y los intereses de grupo no pudieran tener cabida. Dado este paso, tendríamos ya nuestro arquetipo, nuestro referente para la construcción de un plan de país.
Verter conceptos tan superficiales a veces puede ser perjudicial, aún y cuando aparezcan cargados de buena voluntad y sentimentalismos, sobre todo cuando se descontextualizan de su verdadero significado y se presentan como propuestas reales. Para sentar las bases que permitan la construcción de un plan de país, debemos arremangarnos la camisa, apretarnos las fajas y empezar a trabajar por cambios efectivos que permitan que Honduras avance hacia el desarrollo.
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