sábado, 8 de marzo de 2008

Estimado Licenciado Cálix (o de la Integración Centroamericana)

Estimado Licenciado Cálix,
Analizar la actitud de nuestros políticos ante los problemas actuales comparándolos con los grandes hombres que forjaron la patria hondureña y que mantuvieron vivo el ideal de la unión centroamericana me parece un error crónico y genético, en tanto las condiciones actuales de nuestro país distan inconmensurablemente de aquellas post-independencia, así como son diferentes las formas en que los representantes del pueblo en los tres poderes del Estado han llegado a dichas posiciones de poder. Tampoco me parece prudente señalar que las ventajas competitivas que el Tratado de Libre Comercio ofrece a estos países en un mundo de economías globalizadas, atentan a la consecución de dicho ideal.
Me parece que el análisis debe ir más a fondo, e indicarnos por qué es que Usted considera pertinente que los países del área continúen el proceso de integración actual (pues éste existe) y por qué dicha integración –que actualmente está en la etapa de la apertura de fronteras y unión comercial- debe acelerarse para convertirse en una integración políticamente vinculante que nos lleve a conformar una suerte de federación.
Adelantándome a los comentarios que quisiera leer de su parte, quisiera compartir con el lector algunas posiciones personales al respecto.
Ricardo Jiménez Oreamuno, juristas y estadistas costarricense, dijo en relación con el tema de la unión centroamericana que "para resolver con acierto asunto de tan largo alcance y de tan enormes consecuencias, no debemos inspirarnos en la magia simpática y atrayente de teorías deslumbradoras. Antes que esto habremos de estudiar las condiciones físicas, políticas, económicas y sociales de los organismos que tratan de informar uno nuevo... es indispensable que exista homogeneidad en estos, más o menos perfecta. De lo contrario, la lucha interna; y con la lucha el desconcierto, el descrédito y el atraso... si se prescinde de las fatales consecuencias de una guerra exterior, hoy los vínculos políticos poco significan en las aspiraciones de los pueblos, y sí mucho, muchísimo, los que enlazan y armonizan los intereses económicos y sociales de los mismos." Desde mi posición, el Señor Jiménez Oreamuno está en lo correcto: antes de involucrarnos en ideales románticos de antaño y posiblemente anacrónicos, es necesario evaluar las ventajas reales que una unión de éste tipo importaría para nuestro país, no solo económicamente, sino sobretodo desde el ámbito social. Desde que las provincias centroamericanas se desvincularon para convertirse en Estados totalmente independientes cada uno del otro, aunque muchas similitudes se mantienen, también es cierto que han crecido en algunos ámbitos en direcciones opuestas.
Si hacemos el análisis desde el costo que las administraciones públicas reflejan en los presupuestos nacionales, podríamos creer que una sola administración obligatoriamente nos llevaría a una reducción sustancial del costos burocrático, pero desde mi perspectiva esto no es cierto, pues cada estado requeriría tener un aparato administrativo de más o menos el mismo tamaño que ahora tiene, adicionando a estos, las autoridades federativas que comprenderían la administración de la unión.
Otro obstáculo que no debemos ignorar es el proceso mismo que debería de implementarse para conseguir dicha unificación política. ¿Estaremos en la capacidad de desarrollar un plan de integración al estilo europeo, en el que a través de avances monitoreados de convergencia de las políticas macroeconómicas de sus miembros lograron que los países participantes alcanzaran estándares más o menos equitativos de desarrollo para permitir la integración económica de estos, cuándo no hemos sido capaces aún de crear verdaderos planes de país que garanticen un crecimiento económico acelerado pero justamente distribuido que nos permita salir poco a poco del subdesarrollo en condiciones solidarias para todos los habitantes de cada uno de estos pequeños países? ¿Qué hacemos con nuestras balanzas comerciales deficitarias, que al adicionarse significarían un déficit aún más difícil de remontar? ¿Cómo haríamos para integrar nuestras instituciones si en cada uno de los países del área las burocracias son constantemente señaladas por ser corruptas y manipuladas por los grupos de poder? Hasta eso, ¿cómo integraremos los grupos de poder político que no están dispuestos a ceder un pedacito de su feudo en aras de un ideal sublime?
La fortaleza económica que suponen muchos conllevaría esta unión no ha necesitado de la vinculación política, pues es precisamente a través de una serie de tratados regionales de comercio, que estos países han logrado abrir sus fronteras y librar obstáculos arancelarios, que les permiten desarrollarse desde la inversión casi como un único estado. Los presidentes de Centroamérica ya desde hace más de diez años, con la Declaración de Nicaragua afirmaron estar dispuestos a avanzar de una integración económica a una política: "Aspiramos a una Patria Grande, democrática y equitativa, próspera y tolerante, competitiva y solidaria, cuyo desarrollo supone la expresión de una voluntad política permanente". Sin embargo esa integración económica aún o se concreta del todo. Algunos académicos vienen señalando que la forma más fácil de acelerar un proceso de verdadera integración económica es a través de dolarización, pero hasta ahora solo Panamá y El Salvador se han sumergido en esa aventura, y los resultados son lo suficientemente disimiles en cada país como para no poder aventurarnos a imaginar lo que significaría en cada una de las demás economías centroamericanas. No obstante, es precisamente a través del Tratado de Libre Comercio con estados Unidos que realmente tenemos una oportunidad unificadora real, pues a través de este arreglo comercial es que podemos presentarnos no solo ante los Estados Unidos de Norte América, sino ante otros potenciales socios comerciales, como una región compacta, unificada.
Pero las preguntas que deben enmarcar el deseo vehemente de la unión política centroamericana son: ¿Hasta dónde la llevaríamos? ¿Pretendemos convertir a Centroamérica en un solo Estado, o nos conformaremos con homologar muchas políticas que nos permitan presentarnos en un frente unido ante nuestros socios comerciales? ¿Traspasaremos nuestras consabidas soberanías en pro de la patria grande, o haremos unas pocas modificaciones que ayuden a consolidar la integración económica que estamos construyendo? ¿Hemos iniciado procesos de socialización que nos permitan entender si la vasta mayoría de los centroamericanos apoyan una iniciativa de esta envergadura? ¿Incluiremos a los nuevos miembros de la región: Panamá, Belice y -por qué no- República Dominicana? ¿Estaremos en la capacidad de fortalecer nuestras instituciones políticas para asegurar que cualquiera que sea la modalidad en la que se base la integración política sea verdaderamente democrática? ¿Podremos construir una verdadera identidad centroamericana, cuando tenemos dificultades para construir las identidades nacionales? ¿Cuáles son los principios básicos que regirán ese proceso?
Yo iniciaría por contestar estas preguntas desde los procesos históricos y hasta ahora la historia misma nos señala que nunca estuvimos preparados y que aún no lo estamos. No hacemos nada con ponernos una fecha como la propuesta por usted del 2021 para culminar un proceso de unión política regional. Primero debemos de resolver muchos de los problemas estructurales que nos acechan para poder después comenzar a pensar en la posibilidad de amarrarnos (en condiciones de igualdad y verdadera integración) con otros estados que deberán además hacer su propia tarea en éste aspecto. De lo contrario no creo que su propuesta tenga algún eco enraizado en la realidad. Sin embargo, como dije antes, espero leer los análisis de fondo que Usted ha hecho para tan vehemente exigir a los políticos de turno se lleve a cabo ésta unión.
Atentamente,
Claudia María castro Valle

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