Hola a todos.
Como es mi costumbre, después de hacer algún viaje, escribo una pequeña crónica para compartir con Ustedes lo vivido. Esta vez, quisiera empezar por un hecho difícilmente narrable que me encontró al llegar a casa. Llamé a mis padres a San Pedro Sula para informar que había regresado bien, sin esperar que ellos me contaran que mi abuela Amanda había muerto. Murió el Domingo 24 a media noche, mientras dormía. Dice mi madre que sin dolor. Eso es algo que nunca sabremos, a menos que tengamos la suerte de encontrarnos en otro espacio después de esta vida, y que con mala suerte, estando allá carguemos aún con la memoria de lo vivido en esta.
La Abuela Amanda es una mujer excepcional. Y sí, digo es, porque el ser no lo define nuestro periplo terrestre, si no más bien la eternidad que duramos en la memoria de los otros, especialmente de aquellos que nos quieren. Y mi elegía comienza al decir que aunque a sus noventa años y padeciendo el maldito Alzheimmer desde otros menos, la Abuela Amanda fue la matrona, aunque no talvez matriarca de mi familia paterna.
Mujer del siglo veinte, vivió como se vivía en su época. En su vivir, vio como de la carreta pasamos al auto, del auto al avión, y –en la tele- del avión al cohete. Salió de su casa familiar siendo aún una adolescente para convertirse en la esposa de mi Abuelo Emilio. Dio a luz a una docena de hijos, y vio convertirse en adultos a diez. Mi padre el menor. Como buena mujer de antaño, esposa y madre, vivó con todas las aristocraciadas que permite una ciudad que aunque pregonaba su abolengo, nunca dejó de ser un poco más que un pueblo con antecedentes históricos. Muy joven enviudó. Se vio forzada a sacar adelante a sus hijos menores, con ayuda de los otros mayores en una ciudad diferente a la suya. Con todas las vicisitudes que la vida puede plantear, y en medio de dos incendios que hicieron que su familia perdiera todo lo que tenía, logro hacerlo. Puedo decir y con mucho orgullo, que sus hijos con todas las debilidades propias de todo ser humano, son hombres y mujeres de bien. No fue académica ni profesional. Fue una mujer de casa, dedicada a su casa. Mis memorias de ella se pierden en la niñez. No recuerdo cuando la conocí, pero si la recuerdo constante. La recuerdo mía... mi abuela. Recuerdo cuando me quedaba a dormir en su casa, cuando me enseñaba a tejer. Cuando caminábamos por el centro de San Pedro (en aquellos tiempos en que aún se podía caminar). La recuerdo con sus fantásticas comidas, propias de occidente, y sus peleas con las empleadas y con la Tía Gloria. Recuerdo su psicosis de que todo se lo robaban... quien no podría entenderlo de una persona que vio desaparecer lo que fu suyo uno y otra vez. Más tarde la recuerdo más abuela que nunca: con su pelo blanco, cuando al fin la convencieron de dejar a un lado el imponente tinte negro azabache que acostumbraba a usar. Recuerdo sus pies perfectos... lo más lindos que nunca vi... y su voz quebrada, que añoraba siempre tiempos pasados e hijos lejanos.
Las ultimas veces que la vi, era ella la que no me recordaba. Recordaba a su Emilio en su memoria retrocedida a tiempos de juventud. Recordaba aún a mi padre siendo un niño. Estaba tan pequeña y frágil. Nunca pensé que no la vería más. Pero así somos todos. Vemos la vida que pasa, y no nos damos cuenta de lo valioso que es cada segundo, y más aún, lo que de ese segundo podemos hacer.
Cuando hablé con mi padre al enterarme de la noticia, no supe que decirle. Nosotros, en nuestra familia, no somos muy dados a expresar cada sentimiento que nos aturde, y en este caso las palabras se tropezaban con los recuerdos y se ahogaban en calladas lágrimas de impotencia de no haber estado acá. Y por que se que mi padre y yo en algo nos parecemos, se también que detrás de esa simple tranquilidad, seguramente sus recuerdos estaban tropezándose con los míos y más allá.
Creo que la descripción de un viaje maravilloso queda para después.
Un beso gigante,
Claudia
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