¡Hola!
Les escribo pues, ahora que no estoy, es la forma más fácil de comunicarles algunas cosas que son trascendentales en mi vida.
Desde hace muchos meses he estado escribiendo un poemario que, después de muchas indecisiones, decidí llamar “Buscándote”. Son alrededor de cuarenta poemas que narran la desesperada necesidad de llenar tantos espacios que han ido quedando vacíos en mi vida al pasar el tiempo, describen la vida que he seguido en el último par de años llenos de desencanto, frustración. Parte de esa frustración y vacío – después de la parte que naturalmente le corresponde a la soledad - se debía a la dificultad que había sido para mi lograr ser madre mientras estuve casada y después, y ante no saber exactamente la razón de esa imposibilidad y sin diagnósticos certeros que me pudieran aclarar el panorama.
Yo siempre supe que ser madre implicaría para mi una felicidad enorme, por ende siempre lo quise, pero a medida que el tiempo pasaba yo iba asumiendo una realidad devastadora: nunca podría sentir la dicha de tener un hijo y verme eternizada en él. Y así pasó el tiempo y fui haciéndome a la idea de que siempre estaría relegada a un plano secundario donde sería eternamente “Tía”, aunque ya había comunicado mi decisión de agotar todas las posibilidades que podrían conferirme la capacidad de la gestación. Parte de esa decisión también la conformaba la maternidad en soltería pues la idea de volverme a casar está totalmente ausente de mis pensamientos.
Al asumir una infertilidad descuidé algunos aspectos básicos en una relación adulta, tales como la planificación familiar o la contracepción. Y la vida me dio una oportunidad dentro de ese descuido. La búsqueda que parecía interminable terminó: hay un pequeñito gestándose en mi vientre. Voy a ser mamá. Desde el momento que pude asimilar los diferente ámbitos de esa realidad soy inmensamente feliz, y por ende agradecida (a la vida y a mis descuidos). Hasta este momento, nunca supe lo inmensa que puede ser la felicidad, y lo diferente que es de esa necesidad egocéntrica que vivimos alimentando en nuestras vidas adultas, y de la cual nos quejamos permanentemente por desconocer lo que realmente la conforma. Nunca supe tampoco como mi escala de valores estaba algo desordenada, hasta que pase por la estricta auditoria del instinto materno. Tampoco sentí antes esta sensación de ser y estar completa, de que mi cuerpo no es más que el continente en el que se crea y desarrolla ese grandioso milagro que viene repitiéndose cada vez que un ser es concebido en un vientre.
Voy a ser mamá. Si cada uno de ustedes pudiera saber las veces que soñé con poder hacer tal declaración, sabrían por qué es que hay quienes creemos en el cielo. Sabrían como cualquier logro o triunfo a lo largo de mi camino no es más que polvo que va levantándose ante lo colosal de esta realidad que aún me tiene algo aturdida pero feliz. Hay un pequeñito gestándose en mi. Y ya lo he visto en un ecograma, en muchos de mis sueños, en la mirada de su padre, pero sin ser estas imágenes claras aún, desde ya sé que es lo más bello que tengo, y que la vida me bendijo de la manera más común pero más hermosa.
Pero la vida no solo es infinita en oportunidades y posibilidades, si no que también en bendiciones. Aparte de todas estas que les he contado ya, me dio otra que se ha convertido en la piedra angular de esta experiencia, y es Alfredo. Aunque debo confesar que en un principio no sabía cual sería su reacción ante un embarazo inesperado, no planificado y en la situación tan ambigua de no ser una pareja constituida desde ningún ángulo, me ha demostrado –y cada día más- que la vida tiene extrañas formas de manifestarnos nuestros caminos, y que el hacernos coincidir para ser coparticipes de la paternidad de éste niño tiene muchos significados y nos permite hacer de nuestras existencias experiencias aún más sobradas y enriquecedoras.
Más de una vez he hecho el ejercicio de ubicar mi realidad actual en diversos escenarios: mi adolescencia, todos mis noviazgos, mi matrimonio con Fito, mis relaciones después de mi separación. Puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que ninguno de estos escenarios hubieran podido ofrecerme a mí en lo particular lo que este conjunto de circunstancias ahora me permiten y poder ofrecerle a este pequeñito un ambiente cálido y lleno de amor en el que nacer y crecer. Puedo incluso extenderme un poco más y asegurar, después de ver a Alfredo asumir su rol de padre, que no concibo a nadie más ocupando ese espacio en mi vida y la de nuestro bebé. Su apoyo ha sido incondicional y permanente desde el momento que le di la noticia, y su cariño y atenciones han formado a pasar una parte imprescindible en este proceso.
Alfredo y yo somos dos personalidades totalmente divergentes y por lo tanto complementarias, y ese factor es el que creo va a permitir que nuestro hijo tenga acceso a una forma de vivir y ver el mundo de un modo sumamente amplio y enriquecedor. Y parte de esa amplitud la conforma la forma en que hemos decidido afrontar nuestra situación, y para todos debe estar claro que no hay matrimonio, ni siquiera una vida en pareja a la vista. Preferimos, al menos por ahora, ser los mejores de los amigos y dedicarnos a crear el ambiente idóneo para nosotros y nuestro bebé. Esto no quiere decir que descartemos que en un futuro las cosas cambien, pero queremos que cualquier decisión sea impulsada por una total convicción y no una simple obligación. Pero esto es algo que solo la vida con sus extrañas formas no ayudará a dilucidar, y que solo a nosotros dos nos compete. De momento vivimos y disfrutamos con verdadera intensidad nuestra introducción a la paternidad apoyándonos a crecer como personas mutuamente.
Pero ante tanta felicidad no puedo cegarme tampoco a una realidad que a mí me es ajena, pero sé que a muchos de ustedes afectará, y es esta de las normas y tabúes sociales. Yo siempre he creído que estas normas han sido creadas para persuadir al hombre a comportarse de forma necesaria para alcanzar la armonía con el de al lado y poder así vivir en paz los unos con los otros y crear espacios para la edificación de la felicidad personal; jamás podría aceptarlas como la definición última de lo que está bien y está mal. Pero además, para mí estas normas pueden ser creíbles bajo la premisa de ser acordes con la naturaleza humana. Hemos sido dotados con la capacidad de los sentidos, del habla, del intelecto, y nos han sido dados para permitirnos con su ayuda encontrar por nosotros mismos la felicidad ansiada. Seguramente, si la intención fuera otra diferente al que procurásemos nuestra realización, tampoco hubiéramos sido dotados de albedrío, de libertad. Y haciendo uso de estas facultades, pero sobre todo de mi condición libre, es que no acepto que estas convenciones, con las que yo he elegido no comulgar, puedan empañar de alguna manera todo lo bueno que de presto forma parte de mi vida.
Parafraseando un poco a Galileo Galilei quisiera decir que espero que todo esto se convierta al final en un admirable servicio de mi parte a quienes me rodean, al afinar para mi una pequeña tuba en este inmenso y discordante órgano de cánones e imposiciones sociales; un instrumento en el que, pienso yo, se ve a tantos organistas desgastándose a sí mismos tratando vanamente de poder armonizar perfectamente la felicidad con la farsa social, algo imposible de lograr tomando en cuenta la esencia de dichas imposiciones.
Y aunque parezca que este regalo es solo para mí, en verdad se ha convertido en un regalito para todos aquellos que son importantes para nosotros y que quieren compartir nuestra bendición. Espero entonces que ustedes también se nos unan en esta felicidad desbordante y contagiosa. Todos son bienvenidos.
Hay una frase de Fernando Vallejo que resume un poco mi posición actual ante la vida y dice: “Es que este libro mío yo no lo escribí, ya estaba escrito: simplemente lo he ido cumpliendo página por página sin decidir.” Mi libro es una novela extraordinaria que trato de cumplir siendo auténtica con respecto a mi forma de pensar y de ver la vida, comprometida ante todo conmigo misma, pues no concibo otra forma de proceder.
Besos a todos (y ahora por doble partida),
Claudia
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