jueves, 4 de septiembre de 2008

LA LUCHA POR EL PAN O LA TORTILLA

Por Claudia María Castro

“Rechazamos entonces la ideología que considera la tierra únicamente como una mercancía. Observamos con preocupación que las políticas agrarias dominantes e implementadas en el marco del neoliberalismo, pretenden cada vez más sustituir la Reforma Agraria por el mecanismo del mercado de tierras.” (Declaración de San Pedro Sula, 1er Encuentro Internacional de los Campesinos y Campesinas sin Tierra, Julio de 2000).

Creo que no soy la única habitante de estas Honduras que se vio movida, contrariada, perpleja y conmocionada por los sucesos de la semana anterior en que los campesinos cafetaleros y la policía se enfrentaron salvajemente. Quiero en esta ocasión, referirme al campesinado y sus causas. La policía y las suyas creo que pueden ser el enfoque de un comentario posterior. Y aclaro, me referiré al campesinado y no a los grandes terratenientes de la industria del Café, ya que sus luchas no son las mismas, aunque estos últimos quieran hacer ver a unos y a otros que las comparten. Tampoco incluyo acá a los dirigentes cafetaleros que por si mismos forman una clase sui generis, ni al hecho que dicha demostración haya sido desarrollada cuando el mundo tenía los ojos puestos en Honduras.

Lo que pudimos ver en los diferentes medios de comunicación no es más que la última expresión de desesperación de un grupo de trabajadores de la tierra que no ven tabla de salvación frente a una multiplicidad de causas que solo traen un efecto: la pobreza. Esta ya no es ni siquiera inminente, sino real y aplanadora. Y si vemos un poco más allá, entenderíamos que esta situación no solo encuadra a los campesinos del café, si no que a todos, independientemente del rubro al que se dediquen, y que pueden empezar a demostrar en las mismas o peores circunstancias.

En Honduras, a pesar de que el sector agrícola sigue siendo el proveedor más importante en términos económicos, los gobiernos a lo largo del tiempo han fallado en reconocer la prioridad que este rubro representa en términos de soberanía y seguridad (sobre todo seguridad alimentaria) dando trato preferencial a las multinacionales nuevas y de siempre, consiguiendo siempre ignorar que lo que se logra es masificar el éxodo rural y la inundación de la miseria. No existen políticas agrarias definidas que formen parte de un plan nacional de desarrollo sostenible con trasfondo social. De ahí las protestas. (A veces creo que hay que ser decididamente obvia ya que parece ser que los actores de estos dramas no ven lo que yo veo). Nuestra precaria situación alimentaria se ha visto agravada con las sequías de los últimos años, sumadas con las aún tangibles consecuencias del Mitch. ¿O es que se nos olvida la hambruna que se ha visto en el sur?

El derecho a alimentarse es un derecho de todos los hombres, pero además conlleva un derecho anexo –o varios- entre ellos el derecho a la tierra. Los demás para ser más específicos son los de acceso a la tecnología, a la capacitación, a insumos, al agua, a la semilla, al crédito, etc.

En la última Cumbre Mundial de Alimentación, los presidentes de todos los países participantes acordaron implementar programas de reforma agraria como elemento esencial para combatir la pobreza. En nuestro país, el proceso de la Reforma Agraria ha ido desvirtuándose pues los campesino beneficiarios prefieren vender las tierras que les han sido tituladas en lugar de desarrollarlas. ¿Usted los culparía? Yo no. Esto no es más que una directa consecuencia de la implantación de prácticas neo-liberales que han convertido la tierra en un bien de consumo y no de producción, tal y como lo declaran nuestros amigos sin tierra. Parece ser que estamos destinados a seguir con ese ya acostumbrado servilismo lastimero todas las políticas de ajuste recetadas por las instituciones internacionales de crédito.

Cuando la tierra deja de ser de quien la trabaja para ser de quien puede comprarla, se convierte en la gota que puede derramar el vaso en la tambaleante y cada vez más grande brecha entre ricos y pobres.

El sector agrícola merece un trato distinto tanto en las políticas nacionales como en los tratados regionales que negocia el gobierno tales como el ALCA (aunque estas deberían de no continuar a mi gusto), y estar excluidas de toda formula de intermediación que sea planteada dentro del Plan Puebla-Panamá.

Ahora, en lo que respecta a las turbas demostrantes, creo que la violencia no es la solución. Más aún, la violencia sólo engendra violencia, y para muestra un botón. La democracia (y no me refiero a la eleccionaria) se vive y demuestra a través de la convergencia y el dialogo, a través del respeto de nuestro acuerdos y nuestros derechos, a través del respeto a las instituciones y a las personas. En países como el nuestro, desgraciadamente el Estado no está en capacidad de resolver todos los problemas que nos aquejan a nuestro gusto, es por eso que no podemos pretender solamente estirar la mano y pedir el pan nuestro. Antes de llegar a situaciones extremas, creo que debemos hacer una análisis consciente que nos lleve a concluir qué es lo que ofrecemos a cambio de lo que exigimos, o mejor aún, que damos o ponemos de antemano para que sea completado por el gobierno. Basta ya de ser limosneros y con garrote.

Mejor busquemos soluciones, y todos, tanto actores como lectores, son bienvenidos a este ejercicio. Yo propongo la primera: Cuando viví en Alemania, una de mis principales inquietudes estaba relacionada a la forma en que el pueblo alemán pudo salir tan rápidamente de la miseria de la post-guerra. Es cierto que recibieron mucha ayuda de los gobiernos aliados (nosotros la recibimos de los gobiernos amigos), pero imperó algo vital: el deseo de salir adelante por si mismos. ¿Cuál fue una de sus primeras acciones para que no murieran de hambre los sobrevivientes? Cada quien hizo de su jardín un huerto. ¿Si ellos lo lograron en medio de la catástrofe y con un clima inclemente durante el invierno, por que no podremos nosotros en medio de esta exuberante naturaleza?

Así que los invito a todos a seguir luchando por el pan o la tortilla, pero por nosotros mismos, en nuestro jardín, sin violencias ni mediocridad por un lado, y sin aprovechamiento ni explotación por el otro.

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